Salvemos la casa de Ramón y Cajal antes de que sea tarde

Enlace a las firmas para pedir la conservación de la casa de Cajal y albergar su museo.

  
  

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La Ascensión de Blanca Muñoz de Baena en la iglesia de Pinilla de Buitrago.

En la iglesia de la Trinidad de Pinilla de Buitrago, en la entrada del Valle del Lozoya, la pintora Blanca Muñoz de Baena ha finalizado un óleo impresionante, que ocupa el ábside justo detrás del altar mayor.


El párroco Wooby Oreste Jacques, un entusiasta haitiano que se ocupa también de los feligreses de Gargantilla del Lozoya, y de Canencia, le había pedido a Blanca, hace algún tiempo, que pintara una virgen para la iglesia de Canencia. A la vista del resultado, le planteó  un nuevo reto: que pintara un gran óleo para detrás del altar mayor de la iglesia de Pinilla.  Wooby  es un hombre muy inteligente , que en las noches frías del invierno en Canencia, escribe su tesis doctoral sobre  el filósofo francés Jaques Maritain, al que también a mi padre le gustaba leer.

Wooby sabía que no le pedía  el cuadro a cualquiera.  Blanca estudió Bellas Artes en Madrid y completó sus estudios, entre otros sitios, en  la Academia Española de Roma , en Venecia y en la Fundación Rodriguez Acosta de Granada. Pertenece a la Escuela Figurativa de El Escorial que dirige el Académico Luis García Ochoa. Ha realizado innumerables exposiciones.

Hace más de un año que Blanca empezó a pintar su gran óleo en la propia iglesia de Pinilla. La iglesia ha sido su estudio durante el último año. Cogía el autobús de línea en Madrid, y viajaba a Pinilla, en donde se encerraba en la iglesia dos o tres días a la semana para pintar.

Creo que en el proceso de creación de la pintura de la Ascensión de Blanca Muñoz de Baena , hay también un viaje espiritual muy personal. Un viaje que se nutre en el paso de las estaciones en el valle, en los silencios, en el aire puro, y que se expresa, en forma de una  energía  arrolladora, en la belleza plástica del lienzo.  Al inicio del Valle del Lozoya, hay un lugar donde se concentra también de forma llamativa esta energía que Blanca ha captado en el antiguo ábside  de la vieja iglesia de Pinilla :  la Cartuja del Paular . Allí le gustaba acudir a otro gran creador desde que era  joven , Luis Buñuel.


Blanca dialoga en su Ascensión con las grandes obras de los pintores clásicos, pero siguiendo un lenguaje y una interpretación muy propia  en donde el derroche de energía juega un papel fundamental. Los acrílicos, el óleo, el pan de oro, se integran de una forma muy personal para crear una plástica única y arrolladora. En los últimos momentos del cuadro, nos decía, para liberar esa energía, utilizaba los mismos tubos de óleo aplicándolos ,mientras los presionaba, directamente sobre el lienzo.

Hay un triángulo de gran tensión en un primer plano del cuadro, con la figura de Jesucristo, la Virgen y San Pedro, en donde apenas se interpone un escorzo de un apóstol arrodillado que recuerda a las figuras del Greco. El pan de oro resalta  e indica su carácter sagrado.  La energía que eleva a Jesucristo hacia el cielo, nace de la misma tierra, no viene del cielo, por eso nada se interpone entre Cristo y el suelo. En un segundo plano, a veces  muy difuminados, están el resto de los apóstoles y María Magdalena. La imagen de Wooby, hombre de color en las tierras de España, está detrás de San Pedro.  Todo ello en un barroco expresionista muy actual.

Para festejar el final de la obra, compartimos un excelente cabrito asado serrano, horneado en Canencia, regado por buenos tintos de Rioja y bendecidos por Wooby, y al final de la comida volvimos a la iglesia de Pinilla, en donde Blanca Muñoz de Baena firmó el cuadro. Con ello , creo yo, no solamente marcaba la finalización de su obra, sino también, sospecho, el fin de un viaje espiritual muy personal . Gracias Blanca por compartir este momento con nosotros.


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La destrucción de la casa del Dr Juan Madinaveitia (1861-1938) en el Guadarrama

Julio Vías me escribe que la casa que D Juan Madinaveitia había construido a principios del siglo pasado en el Ventorrillo, ha sido derribada hace unos meses por los técnicos que dirigen el Parque Regional  de la Cuenca  Alta del Manzanares. Era una construcción, me dice, que los técnicos consideraban obsoleta.

  
El Ventorrillo , con el edificio del Club Alpino Español, y la casa de Juan Madinaveitia a la izquierda.

Carrera de automóviles en los años veinte

La casa estaba muy ligada, como escribí en otra entrada, al inicio del Club Alpino Español  y a los comienzos del esquí en nuestra Sierra, y a la propia figura del Dr Madinaveitia. Había persistido, de forma casi milagrosa, durante casi cien años en aquél lugar. Nos  remontaba a una época, en la que el aire era más puro y el corazón de algunos hombres  como Giner, a los que tan cercano estaba Madinaveitia, también eran más limpios.

La Guerra Civil marcó el inicio de una labor destructiva de nuestra memoria, de todo lo que había acontecido antes de ella y que no encajaba de forma estricta en el ideal falangista. D Juan tenía una ideología anarquista ( “blanca”dicen sus biógrafos ) y había, en su momento, ensalzado la Revolución Rusa, pero al mismo tiempo  era un hombre profundamente bueno y generoso. Solo un hombre bueno, podría rebelarse de esta forma ante la miseria y la injusticia que veía entonces en sus salas del Hospital General de Madrid.

Madinaveitia  era institucionista, muy cercano a Giner , como hemos dicho, y  el médico de confianza del núcleo director de la Institución Libre de Enseñanza. Fue muy amigo del pintor Sorolla, a cuya hija María, trató de una tuberculosis. Sorolla le retrató en un óleo que fue subastado hace algunos años.

D Juan Madinaveitia por Joaquín Sorolla

D Juan Madinaveitia por Joaquín Sorolla

Gregorio Marañón se formó como alumno interno con Juan Madinaveitia en el Hospital General de Madrid.

En un precioso escrito de 1935 , basado en un discurso que dio a sus compañeros de promoción a los veinticinco años de su graduación, Marañón describía la contribución de Madinaveitia a la medicina española de entonces del siguiente modo:

Madinaveitia representaba la tendencia anatomista alemana y la valoración directa, seca, a veces excesivamente seca, del detalle clínico. Manejaba – y maneja, puesto que aún goza, por fortuna, de toda su capacidad de trabajo- manejaba con insuperable maestría el arte de la exploración.  Sus diagnósticos eran siempre el vértice lógico de una pirámide construida a base de síntomas, sin que jamás terciase en la conclusión una hipótesis brillante y arbitraria ni una teoría a la moda. Y después, sobre el cadáver, volvía a leer en sentido inverso, con tino admirable, el libro de la enfermedad, creando así una escuela de patólogos prácticos, un tanto rígidos, antiteóricos, que en aquél tiempo suponían una obra de  revolución que solo pudo llevar a cabo un hombre del temple de acero del admirable maestro vasco.

Fallece el doctor Madinaveitia  en Barcelona el 21 de noviembre de 1938 en plena Guerra Civil. D Juan Negrín, médico, fisiólogo, y Presidente del Gobierno, le dedica unas líneas de homenaje póstumo en La Vanguardia:

Se ha perdido a Juan Madinaveitia. Sigue su espíritu con nosotros. Se ha perdido a un hombre a una especie rara; a un gran maestro -¿Cuántos maestros hay entre la miríada de hombres?-; a un gran español; al hombre, al maestro, al gran español bueno, quiero rendirle mi homenaje.

Fue también un gran médico. Como tal formó a generaciones de médicos que a su lado aprendieron a ser profesionales. El porvenir dirá si alguno  supo aprender a ser hombre.

Don Juan Madinaveitia: sus teorías de médico las rebasará el progreso; su nombre se esfumará en el tiempo; pero su espíritu perdurará, porque es un eslabón en el proceso eterno  de la situación humana.

!Gran maestro! : Mi recuerdo humilde

Hace unos meses el Dr Giménez Roldán me escribía comentando  que él había visto una placa en el viejo Hospital Provincial de la calle de Atocha, recordando a D Juan Madinaveitia y su enseñanza, que había desaparecido. Hoy nos llega el derribo de la sencilla casa en donde él y sus hijos aprendieron a esquiar en el Guadarrama, constancia de su amor a la naturaleza. En la montaña y en el mar Cantábrico en San Sebastían D Juan se acercaba muy íntimamente a ella.En la montaña y en el mar, había escrito Walt Whitman, es más fácil encontrar a Dios.

Creo, con D Juan Negrín, que a pesar de que se se retiren las placas que  hablan de nombres que ya casi nadie recuerda, y se derriben las casas “obsoletas”  , el signo vetusto y permanente de la ignorancía de nuestra  vieja España, el espíritu de Madinaveitia, permanecerá vagando por el edificio del Museo Reina Sofía, el mismo del  Hospital Provincial, en donde él aliviaba  el sufrimiento de los pacientes. También, como el de Giner, aunque hayan destruido ya su antigua casa sencilla en la sierra, seguirá con nosotros por las cumbres del  alto Guadarrama.

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Dylan, Cohen, verano del 68

 

Las personas que dejamos de ver, se quedan en nuestra memoria, viviendo en nuestros recuerdos tal y como eran en aquella época en la que, teóricamente, desaparecieron de nuestra vida.

La capacidad de las personas de ocupar nuestra mente y de quedarse a vivir con nosotros, para bien o para mal, una vez que se esfumaron de nuestro entorno, es impredecible .

Cuenta Fernando Pessoa, como cada mañana entraba a comprar una cajetilla de tabaco, en un estanco de la Baixa lisboeta. Había allí un chico joven que de forma rutinaria, detrás del mostrador de madera  lustrado por el tiempo, realizaba cada día la misma y simple maniobra: cogía la cajetilla; la dejaba en el mostrador; tomaba el dinero y entregaba el cambio a Pessoa. Un saludo cortés, muy portugués,  abría y cerraba  aquél encuentro cotidiano. El estanquero muere un día. Pessoa llora, relata el vacío que le deja la desaparición de aquél joven, y reflexiona sobre la capacidad que tienen los otros, aún estando presentes de forma tan ligera en nuestras vidas, como un leve signo que trazamos en el polvo, de convertirse en parte nuestra, aún estando ya ausentes.

Hay un Bob Dylan y un Leonard Cohen que viven conmigo. Están ahí desde que yo era joven. No es el Dylan del Nobel,  tampoco el Cohen recién fallecido.

El Dylan que vive conmigo es aquél joven Dylan, retratado pasando frío con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero, en una calle de un gélido Nueva York quizás en un mes de diciembre de inicios de los años sesenta. Aquél Dylan canta con voz agria y las cuerdas picoteadas de su guitarra, a una vieja  y cómoda América que envía a morir a sus hijos a las selvas de Vietman. Se acerca a Woody Guthrie, comunista en la plácida América, que está muriendo en un hospital. Pete Seeger, demasiado izquierdista y sin embargo americano, canta también entonces con su banjo, canciones de denuncia ¿Dónde se han ido todas las flores? ¿Dónde se fueron los jóvenes de América? Se fueron todos a los cementerios donde los enterraron cuando los trajeron de Vietnam. Martín Luter King, lidera la protesta de los afroamericanos  en busca de derechos civiles básicos que les son negados. No solo es Dylan, hay un grupo de jóvenes que cantan sus canciones y le siguen: Joan Báez, Judy Collins, Phil Och, Peter, Paul & Mary… Protestan, con sus canciones y sus guitarras, contra una sociedad que no entienden. Contra una simplificación del hombre, contra la que se rebelan; contra aquél hombre unidimensional, que Hebert Marcuse había perfilado, y en lo que se niegan a convertir. Algunos quieren hoy volver a aquella vieja América, contra la que se rebeló esta generación hastiada de tanta manipulación y de tanta mentira. Quizás olvidan que la terrible barbarie del 11 S marcó para siempre un punto de no retorno.

Leonard Cohen aparece en el festival de Newport en 1967  de la mano de Judy Collins: la dulce Judy de ojos azules. Cohen, es poeta. Pone música a sus rimas. Lo hace, según confesó años más tarde, siguiendo unos esquemas básicos con cinco acordes que le enseñó un joven  guitarrista español en Montreal. Cohen era un marciano en el mundo del folk y del rock, y sus canciones: intimistas, dulces, tristes y profundas, despertaban extraños sentimientos que tenían la luz de las islas griegas y la tristeza de las tardes de otoño en Montreal. Hace unos años pude verle y oírle en Madrid. A pesar de todo, el Cohen de los 60 seguía estando allí.  Como un pájaro en un alambre, como un borracho en la quietud de la medía noche, intentaba seguir siendo libre en el río de su vida.

En mayo de 1968 París ardía. Los estudiantes de la Sorbona, levantaban los adoquines de las calles. En Madrid en  aquél verano, veíamos los reportajes de aquél incendio en las revistas extranjeras y muchos jóvenes empezabamos a vislumbrar que también era posible en Madrid la libertad. Oíamos a Dylan y a Cohen en cintas grabadas  en los tocadiscos y en las radios  en los magnetófonos de cassetes y soñábamos con algo distinto, con algo que nosotros mismos podíamos ayudar a traer.

Ahora que Dylan ha ganado el Nobel, y Cohen ha muerto, los vuelvo a sentir muy cercanos, como yo creía que eran entonces. Vuelvo a imaginar a Dylan en las frías calles de Nueva York; a Cohen  recondando a Janis Joplin en el “Chelsea Hotel” , cuando los dos eran  tan jóvenes y tan libres. Y yo vuelvo a recuperar mis 16 años.  También  yo quería ser libre entonces pero  la vida me empezaba ya a arrastrar con su aullido interminable.

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El barco real de la maqueta de la iglesia de Deba.

Al poco de escribir mi entrada sobre la maqueta del barco de la iglesia de Deba, Alex Turrillas vuelve a sorprenderme con una entrada en su blog que resume sus investigaciones  sobre el barco: Los exvotos marineros de Santa María de Deba. Hay otros datos de enorme interés sobre otros exvotos de Deba e Itziar en esta entrada que animo a leer.

No quiero privar al lector del placer de la lectura de la entrada del blog de Alex  y el resumen de sus investigaciones. Solo adelantaré  que la fragata era propiedad de la Real Compañía Guipuzcuana de Caracas y que el barco al que representa el exvoto  muy probablemente fuera la fragata  Santa Bárbara. Construida  en Pasajes, navegó entre 1730 y 1757. Su  tripulación llegaba a los 56 hombres y realizó once viajes a América .

Alex está investigando sobre la causa que motivó el exvoto de la fragata Santa Bárbara, también llamada con el sobrenombre de La Galera Guipuzcoana.

Muchas gracias Alex por tu generosa dedicatoria y por tu aportación a la comprensión de nuestra historia.

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Un barco en la Iglesia  de Santa María en Deba

Entre los recuerdos de los veranos de mi niñez en Deba está el de una maqueta de un velero que colgaba del ábside de la Iglesia de Santa María. Cuando volví muchos años después y quise enseñar aquél barco a mis hijos ya no estaba allí. Durante años he estado pensando si aquél barco , apenas entrevisto entre la oscuridad de la iglesia y el olor y la luz de las velas de aquellos días, era real , o solo fruto de mis sueños.

La maqueta corsaria de la iglesia de Deba colgada (http://archivoexvotos.revista-sanssoleil.com/)

La maqueta corsaria de la iglesia de Deba colgada (http://archivoexvotos.revista-sanssoleil.com/)

Ahora el debarra Alex Turrillas, entusiasta, como yo, de las vistas del Cantábrico desde las campas de Deba, alrededor de la ermita de Santa Catalina, camino de Itziar, me confirma que el barco seguía colgado en la iglesia de Deba y que también había otro en la de Itziar, como yo también muy vagamente, recordaba. Me dice que siempre habían estado allí, salvo en una breve época en que fueron arriados para ser restaurados

La maqueta de la iglesia de Deba, me escribe, es la de “Una fragata armada en corso con ocho cañones por cada banda”. Leo que corso se refiere a  barcos particulares que estaban autorizados por el Rey , tenían ” Patente de corso”, para ser armados  para atacar y atrapar  los barcos de los paises enemigos y su botín.

Iñaki Martinez Gorrochategui “Amua”, que fue el restaurador de la maqueta de la iglesia de Deba  en 1995  , nos dice que la iglesia  se construyó en los siglos XIII y XIV ( siglo XV, leo en otros sitios) , y que aunque no se sabe desde cuando estaba colgada la fragata,  se piensa que llevaba allí desde hacía trescientos años.

Estas maquetas se colocaban en las iglesias como exvotos, para dar las gracias por haber salido la nave de alguna situación de gran peligro. No conocemos las circunstancias que dieron origen al exvoto, pero la actividad corsaria en el Cantábrico parece que fue bastante intensa en el siglo XVIII.

Alex Turrillas ha bajado la maqueta de la fragata hace unos días y la ha limpiado. Me ha enviado dos  preciosas fotos que dan constancia de su excelente estado de conservación.

La maqueta de la fragata corsaria de la iglesia de  Deba arriada y limpia.(Alex Turrillas)

La maqueta de la fragata corsaria de la iglesia de Deba arriada y limpia.(Alex Turrillas)

 

En contraste con la furia del Cantábrico, el viento, la lluvia, la tempestad, las olas gigantescas y rugientes que convertidas en espuma  iban a morir en la arena de la playa de Deba; la iglesia de Santa María con sus gruesos muros, su penumbra, y el olor de los cirios, era refugio, tranquilidad y  paz.  La maqueta de aquella fragata corsaria colgada de la bóveda de la iglesia sin duda protegía a los debarras que navegaban en la fragata real en su lucha contra las adversidades de la mar y en su batallar contra los navíos ingleses. Es posible que en medio del fagor, los corsarios debarras se refugiaran con sus mentes en el interior de la iglesia de Santa María, junto a la maqueta de su fragata.

Siento ahora  que el alma del niño que yo fui y sigo siendo, como aquella maqueta de la fragata , como los antiguos corsarios debarras, se refugia sin saberlo en la penumbra de la iglesia de Santa Maria y  siento su tranquilidad y su paz.

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Gigantes y cabezudos el día de San Luis de los Franceses en La Granja de San Ildefonso.

El 25 de agosto, fiesta de San Luis, recorren las calles de La Granja, bailando y girando al son de las dulzainas y de los tamboriles , cuatro grandes gigantones. A su alrededor corren varios cabezudos detrás de los chicos, golpeándoles con pequeñas botellas de plástico. Antes usaban vejigas de cerdo hinchadas .

Los gigantes están construidos sobre un armazón de madera recubierto por un gran vestido . La cabeza y las manos son de cartón pintado. El gigante anda y baila a través de los movimientos de una persona que se introduce en el interior y que carga sobre sus hombros la estructura de madera. La cabeza distorsionada de los cabezudos se coloca sobre los hombros de los chicos, que corren golpeando a los otros con sus botellas. En La Granja los cabezudos ya no llevan los trajes desgastados que se colocaban como una túnica sobre los hombros.

Cuando llegan a la plaza de los Dolores, los gigantes bajan hasta el suelo y salen de su interior sus portadores acalorados por el esfuerzo. Los chicos se quitan las grandes cabezas y las colocan también sobre el suelo. Configuran todos una formación barroca y fantasmagórica delante de la entrada de la capilla de la orden tercera, a la izquierda del edificio del Ayuntamiento. Llegan algunas señoras vestidas con trajes tradicionales segovianos, y un mando de la Guardia Civil.


En determinado momento, sale a hombros de la capilla una imagen de San Luis y, mientras suena la música de las dulzainas, el séquito, con los sacerdotes y sus casullas, las mujeres vestidas de segovianas, y el resto de la compaña, comienza a andar hacia la cercana iglesia del Cristo.

Los gigantones y los cabezudos escoltan a la imagen de San Luis, hasta la puerta de la iglesia pero no entran, se quedan fuera, en el patio, manteniendo su formación. El Santo y el resto de la procesión entran en la iglesia.

Siempre había asociado los gigantes y cabezudos, con las fiestas de las ciudades y pueblos, con los pasacalles en las mañanas, con las alegrías y los miedos infantiles, pero esta implicación con la vida religiosa es nueva para mí.

Me sorprende encontrar que los desfiles de gigantes y cabezudos formaban en el pasado parte importante de la procesión del Corpus Chisti cuyo origen se remonta a 1265.
Aunque el Corpus es una fiesta eminentemente religiosa, su celebración coincide con el solsticio de verano y en sus inicios se impregnó de ritos paganos y de carnaval asociados con este.
Entre los motivos carnavalescos que pertenecían antiguamente a la procesión del Corpus se encontraba la Tarasca, un dragón-sierpe construido sobre un armazón de madera que abría el cortejo . De su gran boca salían extensos brazos con los que quitaban los sombreros al público con gran diversión de los asistentes. Sobre los lomos de la Tarasca iba la figura de una mujer.
A la Tarasca le seguían los danzantes y también los botargas, unas máscaras que golpeaban a los espectadores desprevenidos con vejigas hinchadas.
Los gigantes y cabezudos se movían de un lado para otro, sin una ubicación fija en las antiguas procesiones del Corpus. Solían representar a los cuatro continentes.
Todos estos personajes monstruosos y estrambóticos bailaban al son de la música de las dulzainas, y de los tamboriles y eran motivo de una gran alegría y bullicio para el público. Su presencia en la procesión se justificaba por ser la representación del mal que había sido vencido por el Cuerpo de Cristo.

La presencia de todos estos elementos populares en las procesiones y en el interior de las iglesias fue prohibida por Carlos III en una Real Cédula de 21 de julio de 1780 curiosamente dictada en San Ildefonso:


Parece ser que la Real Cédula se aplicó a la procesión del Corpus y a la presencia de gigantones y demás personajes en el interior de las iglesias , pero que se toleró su presencia en las procesiones de los santos patronos.

Los gigantes y cabezudos forman hoy  parte importante  de las procesiones de los santos patronos de muchas ciudades y pueblos de España, por ejemplo y por citar solo una , de la procesión de San Fermín de los Navarros en Pamplona.

Probablemente  esta sea una de las razones por la que permanecen también en la de San Luis de los Franceses en la Granja de San Ildefonso.

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María Gracia

Creo que la conocimos en una galería de arte en la calle del Almirante de Madrid. Me sorprendió entonces  su agilidad física y mental y una cierta curiosidad infantil que contrastaba con la edad avanzada que al mismo tiempo aparentaba su rostro. Su sonrisa también era de niña y a través de sus ojos brillantes se comunicaba con una mirada interrogante.
A lo largo de los años, mantuvimos muchas horas de  conversación con ella en Madrid , donde pasaba los inviernos, y también en Italia en su casa de Albagnano  cerca del lago Mayor y del  Centro del Lama Gangchen , en donde vivía desde la primavera  hasta el otoño.

Desde que murió su pareja, un acaudalado noble madrileño, a finales de los sesenta,  y fundamentalmente después de un grave accidente  de coche en los Estados  Unidos, María centró su vida en una incesante búsqueda espiritual, intentando quizás apaciguar el profundo desasosiego que siempre la acompañó , y cuyo origen nunca  descubrió o si lo hizo, nunca quiso desvelar.

A lo largo de este largo peregrinaje de búsqueda,  se implicó profundamente en  algunos movimientos alternativos que provenientes de otras culturas y religiones se habían ido desarrollando en los Estados Unidos. Pero supo siempre guardar la distancia necesaria y una independencia mental, que le alejaron de cualquier atisbo de sectarismo. Pensó estudiar religiones comparadas pero creyó que lo mejor era introducirse en las propias religiones.

Trabajó con Carlos Castaneda en Los Ángeles, enseñando los movimientos de Tensegridad  que este había desarrollado a través de las enseñanzas chamánicas y las disciplinas marciales orientales. María hablaba a veces de las mujeres que acompañaban a Castaneda,  las brujas de Castaneda, con un cierto temor. Iban mucho al cine, decía, porque a través del cine se expresaban los poderes que intentaban mover al mundo. Podían transformarse en mujeres jóvenes y bellísimas o volver a su edad real en poco tiempo. Cuando murió Castaneda, sus dos brujas desaparecieron con él , como si hubieran pasado a esa otra realidad que él había  conocido a través de las enseñanzas de D. Juan.

María  tenía la capacidad de estar corporalmente en un sitio , por ejemplo en Madrid, pero al mismo tiempo dejar su presencia en otro sitio muy lejano, por ejemplo en una casa de Málaga  donde se había enfadado con una amiga. Pero era buena y cuando la decías “María vete ya” su espíritu de niña rabiosa,  su presencia siempre inquieta,  desparecía de allí. Esta capacidad la había aprendido, sin duda, aunque esto nunca lo dijo,  en el círculo de Castaneda sobre el que probablemente conocía cosas que nunca contó.

Tenía una gran estima por el  maestro sufí Adnan Sarhan,  a cuyos campamentos de verano en Alburquerque , Nuevo Méjico, había acudido en varias ocasiones . Con  Adnan había aprendido técnicas de meditación, ejercicios físicos , danza sufí, música y percusión. Adnan venía todas las Semanas Santas a Madrid a impartir un curso al que María nunca faltaba, y al que acudían desde París algunas señoras de edad imprecisa con las que alguna vez se peleaba. Adnan tocaba el tambor de una forma muy sabia  y era capaz de sumir a la audiencia con sus ritmos en un estado mental muy singular, en donde el cuerpo , en cierto modo , quedaba gravitando sobre el asiento.

María contaba experiencias muy duras, como el entrenamiento en el budismo Zen, una larga meditación de casi un mes encerrada en una habitación oscura ,  y cuyo único contacto con el exterior era el agua y la comida que alguien introducía en su habitación, o los largos meses en que vivió sola y aislada en las montañas de Argentina.

En sus últimos años  se acercó a través del Lama Gangchen al budismo tántrico tibetano. Su hija trabajaba durante una época como traductora con el Lama y ella compró una preciosa casa de piedra junto al bosque de Albagnano , comía en la comunidad budista, y participaba en los ritos y en los rezos de la Shanga, pero siempre manteniendo una cierta independencia. El Lama la consideraba y la cuidaba.

Su padre era naturista y María guardó siempre un gran respeto por los medios de curación natural y evitaba siempre la medicina convencional, a sus médicos y a sus hospitales. La última vez que la ví, en el último verano, se había roto la cadera y estaba ingresada en el Hospital Clínico de Madrid, en este ingreso se concilió con la medicina tradicional.

María había sido uno de  los socios fundadores del primer restaurante macrobiótico que se abrió en Madrid: La Biotica, y practicaba la alimentación macrobiótica con una persistencia aragonesa. Por un cartel que había en La Biotica nos enteramos de su muerte acontecida en una residencia en el último septiembre. Me sorprendió, porque ella siempre afirmaba últimamente que estaba muy segura de que nunca iba a morir . Y es muy posible de que realmente no haya muerto, sino que solo haya pasado a esa otra dimensión a la que pasaron las brujas de Carlos Castaneda, y para lo que se había entrenado con el Lama Gangchen en Albagnano .

Cuando un día le pregunté de todas las actividades que había hecho cual le había ayudado más, me dijo que lo más importante era el camino.

Busquemos como si hubiéramos de encontrar, y encontremos con el afán de buscar. Cuando el hombre cree acabar, entonces principia. 

(Agustín de  Hipona )

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La vieja puerta de acceso a las huertas y los  chopos lombardos. La Granja de San Ildefonso.

Encuentro en Internet una bella foto panorámica de La Granja de San Ildefonso . Es parte de una guía de turismo francesa publicada en 1902. Está tomada desde la loma del viejo polvorín, cerca del antiguo hospital.

Me llaman la atención los altos chopos lombardos, plantados en hilera, siguiendo la valla de las huertas que hoy ocupan las urbanizaciones del Sitio de Noles y los Jardines de Bolonia.  Sobre la valla puede distinguirse la antigua puerta de una de las huertas.

Hay una pintura de Bambrilla,  de 1823, con una perspectiva más baja, tomada desde el hospital, donde aparece con más detalle esta puerta y los viejos chopos, en los que se recrea el artista.

Estos chopos, apenas cambiaron en los 80 años que separan la pintura y la fotografía .  Ofrecían  una visión única del paisaje, elevándose en vertical, como si quisieran alcanzar las alturas de la Silla del Rey y de Peñalara, más allá del doble arco iris que también quiso captar Bambrilla.

Los chopos lombardos, tan misteriosos, con esta belleza recta y vertical, perfectamente formados en hilera, fueron desapareciendo con los años y con ellos se fué también parte muy importante del paisaje.

La vieja puerta de la huerta  sin embargo, por no se que extraño milagro, permaneció  cerca del lugar donde la pintó Bambrilla. Sin las hojas de madera, sin su tejadillo, esta puerta, testigo de otras épocas, que quiso colocarse formando parte de un jardín siempre inacabado,  me parece hoy un poco viuda, triste y solitaria, sin aquellos viejos chopos que pintó Bambrilla.

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Exposición de pintura. Ateneo de Madrid


  

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