Dylan, Cohen, verano del 68

 

Las personas que dejamos de ver, se quedan en nuestra memoria, viviendo en nuestros recuerdos tal y como eran en aquella época en la que, teóricamente, desaparecieron de nuestra vida.

La capacidad de las personas de ocupar nuestra mente y de quedarse a vivir con nosotros, para bien o para mal, una vez que se esfumaron de nuestro entorno, es impredecible .

Cuenta Fernando Pessoa, como cada mañana entraba a comprar una cajetilla de tabaco, en un estanco de la Baixa lisboeta. Había allí un chico joven que de forma rutinaria, detrás del mostrador de madera  lustrado por el tiempo, realizaba cada día la misma y simple maniobra: cogía la cajetilla; la dejaba en el mostrador; tomaba el dinero y entregaba el cambio a Pessoa. Un saludo cortés, muy portugués,  abría y cerraba  aquél encuentro cotidiano. El estanquero muere un día. Pessoa llora, relata el vacío que le deja la desaparición de aquél joven, y reflexiona sobre la capacidad que tienen los otros, aún estando presentes de forma tan ligera en nuestras vidas, como un leve signo que trazamos en el polvo, de convertirse en parte nuestra, aún estando ya ausentes.

Hay un Bob Dylan y un Leonard Cohen que viven conmigo. Están ahí desde que yo era joven. No es el Dylan del Nobel,  tampoco el Cohen recién fallecido.

El Dylan que vive conmigo es aquél joven Dylan, retratado pasando frío con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero, en una calle de un gélido Nueva York quizás en un mes de diciembre de inicios de los años sesenta. Aquél Dylan canta con voz agria y las cuerdas picoteadas de su guitarra, a una vieja  y cómoda América que envía a morir a sus hijos a las selvas de Vietman. Se acerca a Woody Guthrie, comunista en la plácida América, que está muriendo en un hospital. Pete Seeger, demasiado izquierdista y sin embargo americano, canta también entonces con su banjo, canciones de denuncia ¿Dónde se han ido todas las flores? ¿Dónde se fueron los jóvenes de América? Se fueron todos a los cementerios donde los enterraron cuando los trajeron de Vietnam. Martín Luter King, lidera la protesta de los afroamericanos  en busca de derechos civiles básicos que les son negados. No solo es Dylan, hay un grupo de jóvenes que cantan sus canciones y le siguen: Joan Báez, Judy Collins, Phil Och, Peter, Paul & Mary… Protestan, con sus canciones y sus guitarras, contra una sociedad que no entienden. Contra una simplificación del hombre, contra la que se rebelan; contra aquél hombre unidimensional, que Hebert Marcuse había perfilado, y en lo que se niegan a convertir. Algunos quieren hoy volver a aquella vieja América, contra la que se rebeló esta generación hastiada de tanta manipulación y de tanta mentira. Quizás olvidan que la terrible barbarie del 11 S marcó para siempre un punto de no retorno.

Leonard Cohen aparece en el festival de Newport en 1967  de la mano de Judy Collins: la dulce Judy de ojos azules. Cohen, es poeta. Pone música a sus rimas. Lo hace, según confesó años más tarde, siguiendo unos esquemas básicos con cinco acordes que le enseñó un joven  guitarrista español en Montreal. Cohen era un marciano en el mundo del folk y del rock, y sus canciones: intimistas, dulces, tristes y profundas, despertaban extraños sentimientos que tenían la luz de las islas griegas y la tristeza de las tardes de otoño en Montreal. Hace unos años pude verle y oírle en Madrid. A pesar de todo, el Cohen de los 60 seguía estando allí.  Como un pájaro en un alambre, como un borracho en la quietud de la medía noche, intentaba seguir siendo libre en el río de su vida.

En mayo de 1968 París ardía. Los estudiantes de la Sorbona, levantaban los adoquines de las calles. En Madrid en  aquél verano, veíamos los reportajes de aquél incendio en las revistas extranjeras y muchos jóvenes empezabamos a vislumbrar que también era posible en Madrid la libertad. Oíamos a Dylan y a Cohen en cintas grabadas  en los tocadiscos y en las radios  en los magnetófonos de cassetes y soñábamos con algo distinto, con algo que nosotros mismos podíamos ayudar a traer.

Ahora que Dylan ha ganado el Nobel, y Cohen ha muerto, los vuelvo a sentir muy cercanos, como yo creía que eran entonces. Vuelvo a imaginar a Dylan en las frías calles de Nueva York; a Cohen  recondando a Janis Joplin en el “Chelsea Hotel” , cuando los dos eran  tan jóvenes y tan libres. Y yo vuelvo a recuperar mis 16 años.  También  yo quería ser libre entonces pero  la vida me empezaba ya a arrastrar con su aullido interminable.

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