El mar Cantábrico desde las campas de Deba.

La luz que  aparecía al fondo de la vieja carretera,  cuando nos acercabamos por primera vez en el verano a Deba, se iba poco a poco haciendo  más intensa. El autobús corría por la orilla derecha del rio entre montes cubiertos de bosques y plantaciones de maiz.  Al fondo, los montes empezaban a abrirse. En un determinado momento, cuando la carretera se encaraba ya hacia aquella abertura , se ensanchaba la ría, y  la luz  se reflejaba con destellos  plateados e intensos en el agua,   llegaba casi a cegarnos. El impacto de aquella luz  de la tarde en la ría,  a finales de junio,  marcaba el inicio de unos meses felices al lado de la naturaleza, del mar , los bosques y los montes.

A un extremo de la playa de Deba,  se iniciaba un camino de piedras que subía por el monte hacia una pequeña ermita. Creo que era la de Santa Catalina. Había allí un pequeño  caserio  con unas mesas y bancos de madera en donde una mujer flaca y adusta  servía  meriendas a  base de  huevos,  patatas y pimientos fritos de la tierra que se bañaban con  una sidra casera. Estas campas de Santa Catalina,  en el camino de Iziar, descendían con su verde intenso sobre el mar al fondo.  Cuando caía la tarde, podía verse desde allí arriba, la vuelta  al abrigo de la ría de las pequeñas motoras que habían estado pescando. Mientras, se encendía de rojo el cielo sobre el mar.

Hay una pequeña narración de Pio Baroja, “La trainera”, escrita probablemente cuando era médico de Cestona, muy cerca de Deba, que recoje sus impresiones, casí con toda certeza, desde este mismo   lugar.  Este duro Baroja, curtido en las salas de disección de la Facultad de Medicina de  San Carlos y  en las Clínicas del Hospital Provincial de Atocha, de repente,  como un destello, hace la seguiente descripción del paisaje desde este lugar:

“El sol iba poniéndose… Arriba, rojos de llama, rojos cobrizos, colores cenicientos, nubes de plomo, enormes ballenas; abajo, la piel verde del mar, con tonos rojizos, escarlata y morados. De cuando en cuando el estremecimiento rítmico de las olas…

La trainera se encontraba frente a Iziar. El viento era de tierra, lleno de olores de monte; la costa se dibujaba con todos sus riscos y sus peñas.

De repente, en la agonía de la tarde, sonaron las horas del reloj en la iglesia de Iziar, y luego las campanadas del Angelus se extendieron por el mar como voces lentas, majestuosas y sublimes.

El patrón se quitó la boina y los demás hicieron lo mismo.  La mujer abandonó su trabajo, y todos rezaron, graves, sombríos, mirando al mar tranquilo y de redondas olas”.

Baroja se  refleja a sí mismo  en la actitud de los curtidos  marineros de Motrico:   “Eran trece los hombres, trece valientes, curtidos en el peligro y avezados a las luchas del mar”.

Siempre asocié este paisaje de un sensible Baroja con mis recuerdos de las campas de Santa Catalina, entre Deba e Itziar, la luz sobre la ría al inicio del verano y de aquellas campas cayendo sobre el mar.

Ermita de Santa Catalina. El caserio está destruido.La costa hacia Zumaia desde Santa Catalina

Una excursión en Julio de 2010 de Deba a Santa Catalina  por Miren Carmin. El caserío al lado de la ermita está derruido pero las vistas del Cantabrico, logicamente, permanecen.

http://elespiritudelchemin.wordpress.com/2010/07/01/la-excursion-a-la-ermita-de-santa-catalina-atalaya-del-norte/
22 de enero 2011

Blog de Alex Turillas sobre Deba , su historia y sus gentes.

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