Árboles singulares de España

En una librería de lance, encuentro sin mucho escudriñar, un bello libro del año 2005 titulado Guía de los árboles singulares de España. La obra recoge cincuenta reportajes escritos por el periodista César-Javier Palacios, ilustrados por José Ignacio Redondo y publicados en El País Semanal  entre 1997 y 1998.

La obra incluye las historias populares forjadas a lo largo de muchas generaciones alrededor de cincuenta árboles españoles centenarios y muchos de ellos milenarios.

Estos viejos árboles  tienen un ritmo temporal distinto, mucho más lento que el de la vida del hombre y quizás por esa energía captada de la tierra y de la atmósfera a lo largo de sus varios siglos de existencia, han sido respetado por los hombres que se han acercado a su cobijo. En algunas ocasiones, cuando ha sido necesario,  los han defendido de aquellos que con sus hachas querrían transformar su vida en madera muerta y en billetes de banco.

Javier Palacios relata en su libro las bases de las relaciones ancestrales entre los hombres y los árboles, que originalmente eran adorados como dioses. El cristianismo adaptó en parte esta vieja relación plantando los árboles, fundamentalmente olmos  y tejos, al lado de las iglesias y las ermitas. También muchas de las advocaciones de la Virgen, aparecen ligadas a los nombres de los árboles en donde hacían su aparición: la encina, el robledo, el pino, el espino… Todo esto es muestra de esa enorme cantidad de energía que los árboles son capaces de captar y almacenar, y también de compartir con los otros seres vivientes que se acercan a ellos, incluido el hombre, y el que se les considerara de origen divino.

El viejo roble de Guernica, en Vizcaya , es ejemplo de otro tipo de relación de los árboles con el hombre. Bajo su sombra se tomaban los acuerdos que afectaban a la comunidad, se juzgaba, o se cerraban los tratos con un apretón de manos. El árbol era símbolo de la rectitud, de la solidez, de la experiencia, de la tradición y era respetado por ello  por los conciudadanos.

De los cincuenta árboles singulares recogidos en este libro, diecisiete son robles, seis  encinas, cuatro olivos y en número de tres están representados  los castaños, los pinos y los cipreses. Dos son  tejos, y con sólo un ejemplar están el resto: la higuera, el tilo, el moral, la secuoya, el alcornoque, el olmo y otros árboles ya menos frecuentes como la sabina, el drago o el almez.

Destaca pues  entre todos los árboles singulares por su frecuencia el roble, un árbol que en la vieja tradición vasca, era considerado como un dios y que es capaz de almacenar cantidades enormes de fuerza y energía. Esta distribución hace  pensar también en el roble y la encina como los árboles más arraigados en nuestra piel de toro.

Palacios relata en su libro los esfuerzos de los pueblos por defender estos árboles testigos del paso de múltiples generaciones bajo sus sombras, impregnados en las viejas leyendas. Hace tan sólo veinte o treinta años, las distintas comunidades autónomas empezaron a poner muy lentamente  en marcha acciones  para proteger a algunos de  estos árboles singulares, como monumentos naturales. Esto ha sido  muy beneficioso para su cuidado y su conservación , pero también  ha conseguido  llamar, quizás demasiado,  la atención de las  peligrosas masas turísticas que en los días de asueto andan de aquí para allá visitando lo que sea: un parque temático, las huellas de los dinosaurios, o un árbol singular,  y que a veces no entienden  la frágil condición de estos árboles centenarios.

De hecho, en el libro de Palacios se relata la muerte de dos de estos árboles desde el momento que se hicieron los reportajes hasta que se publicaron en el libro: el roble de la Casa de Juntas de Guernica y la vieja olma  de la plaza de Rasacafría. Esto equivale a la muerte de un cuatro por cien de estos árboles en un periodo de siete-ocho años.

Si yo tuviera que hacer, como sugiere Palacios, un inventario de los árboles singulares y centenarios de La Granja y Valsaín, tendría serias dificultades para seleccionarlos entre las decenas de robles, pinos, fresnos, castaños,  guindos, saúcos, secuoyas,  cedros del Líbano,  avellanos,  acebos… Esto señala que la protección de los árboles singulares debería ser el primer paso hacia una protección más  general de los árboles en España y en la que casi la totalidad de las personas, más allá de los legisladores, deberían implicarse.

En la Naturaleza todos sus componentes formamos parte de una misma unidad, y las acciones sobre una de estas partes repercute de forma irremediable sobre el resto. Debemos respetar a los hombres y a los animales, a los árboles y a las plantas y a los propios elementos geológicos que forman la Tierra porque a todos ellos estamos unidos por fuerzas ancestrales porque todos ellos son nuestros hermanos y porque una acción irresponsable sobre alguno de ellos puede volverse al final contra nosotros.

El hombre primitivo, el hombre antiguo era consciente de esta relación con la Naturaleza, y por ello tengo la esperanza de que el hombre post-moderno, el hombre que sobreviva los desmanes del  capitalismo absurdo que ahora impera, pueda volver a recuperar esta relación. Una relación que todavía tenían con los árboles muchos de los personajes entrevistados por Javier Palacios en sus reportajes.

El último  pino

El último pino

Las olmas desaparecidas de la sierra de Guadarrama

La olmeda de la ermita de San Juan de Baños en Palencia

 

 

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