Baños de mar en primavera

En una librería de viejo del Barrio Alto de Lisboa, un barrio con sabor francés al que se puede acceder desde la Baixa, subiendo por el Chiado,en donde la figura de Fernando Pessoa nos saluda sentado eternamente enfrente del café La Braxileira; o por el ascensor de Santa Justa; o por aquellos viejos tranvías amarillos inclinados que trepan raudos y ruidosos por  cuestas no aptas para cardíacos, encontré, hace ya bastantes años, un elegante libro de finales del XIX titulado Hygiene des Gens du Monde escrito por Al. Donné..

La higiene, tema sobre el que versaba el libro, se ocupa de como conservar la salud en las personas sanas.  La higiene es desde los antiguos la  la parte más fundamental de la medicina, porque una vez que se ha perdido la salud, puede ser muy difícil, en muchos casos imposible,  volver a recuperarla.

El tratado de Donné  va dirigido a  las “Personas  de mundo” a la clase dominante, a los líderes de la Francia de entonces.

Donné da por hecho que las nociones  básicas de higiene ya son aplicadas por estas “Personas de mundo”. El libro por ello se centra en los efectos beneficiosos de los viajes; de las excursiones al campo, al mar y a la montaña; del uso de las aguas minerales; de las estaciones termales y por supuesto de los baños de mar,  para mantener la salud.

Estas recomendaciones, podrían parecer hoy a primera vista pasadas de moda, trasnochadas, más propias de los elementos argumentales de las viejas novelas y de las películas de época, que de la vida actual. Pero yo pienso que siguen estando vigentes.

El ambiente en el que se desarrolla nuestra vida, dominado por el trabajo extenuante, en los que lo tienen, porque el no poderse ganar la vida puede ser peor; el estrés; las congestiones de tráfico; el sedentarismo;el ruido; la contaminación del aire; los alimentos industriales; todos ellos actúan como tóxicos para nuestro organismo: para nuestro cuerpo y para nuestra mente. Nuestro organismo está adaptado a la vida en la naturaleza, está inadaptado a esta vida de tensión y de invasión tóxica permanente. Por eso los viajes hacia la naturaleza, hacia el campo, el mar y la montaña siguen siendo muy  beneficiosos, y probablemente hoy más que en el pasado.

De todas las  posibilidades que revisa Donné, quiero centrarme en los  baños de mar, porque reúnen la acción beneficiosa de los elementos  sobre el organismo: el efecto del agua, el del aire , el del calor del sol y el del contacto directo con la arena.

El agua de mar, es el medio en el que se originó la vida y la composición mineral del medio interno en donde viven nuestras células  se asemeja a la del agua de mar. El baño de mar nos hace volver al contacto con nuestro medio primogénico. Enfría nuestro cuerpo y estimula la generación de calor para mantener la temperatura  corporal. Tonifica y ejercita nuestros músculos fundamentalmente cuando hay un cierto oleaje, o nadamos, y ayuda a disminuir la tensión y el estrés. En otra dimensión, el mar nos acerca a la unión con el todo.

El aire del mar es rico en yodo que proviene de la descomposición de las algas marinas. El yodo es fundamental para el funcionamiento del tiroides, y las hormonas tifoideas estimulan la función general del organismo. Sí somos conscientes de nuestra respiración profunda, de como este aire limpio y yodado del mar penetra en nuestros pulmones, nos hacemos conscientes de la unión del aire con nuestro cuerpo, y esto también nos ayuda a unimos al todo.

El sol sintetiza vitamina D en nuestra piel y la vitamina D , no sólo tiene efectos beneficiosos sobre el hueso, si no que también estimula la inmunidad, la función muscular y parece que nos protege de la degeneración celular cancerosa. Todas las células del organismo presentan receptores para la vitamina D, que parece ser de este modo, un componente esencial para el funcionamiento de nuestro organismo. El sol también calienta y dilata los vasos de la piel y al entrar estos en  contacto con  el agua fría,  se contraen, sometiendose a una especie de gimnasia vascular cutánea muy beneficiosa que los nórdicos han llevado a su extremo con la sauna.

Por último, nuestros pies desnudos entran en contacto directo con la arena. El roce, el masaje del pie al andar sobre la arena, tiene acciones estimulantes. Pero también el contacto directo de nuestro cuerpo con la tierra nos acerca a un tipo de relación con los elementos que hemos perdido con el asfalto, las aceras y el calzado. Y que decir de la mirada al horizonte en donde el mar y el aire convergen.

El baño de mar, por todo ello, actúa como un potente estimulante metabólico general de nuestro organismo y nos ayuda a serenar el alma y a acercarnos al todo.

El Mediterráneo en la época en que Donné escribió su libro, empezaba a tener una temperatura adecuada para el baño a finales de mayo, pero con el calentamiento climático, esta fecha se ha adelantado y probablemente a partir de la segunda quincena de abril la temperatura sea ya  adecuada. El Cantábrico puede ser menos propicio en este época, aunque estamos ya acostumbrados a ver en lo noticieros a esas personas que en todas las estaciones, a todas horas y aún habiendo nieve en la arena,  se bañan, movidos por una extraña adicción,  que yo comprendo bien, en la playa de La Concha en San Sebastián. El Atlántico, en mi querida antigua y señorial Lisboa,  en donde encontré este bello libro, me parece impracticable en abril y en mayo.

En los puentes de Semana Santa o del Primero de Mayo, decenas de miles de personas salen de las ciudades con rumbo al Mediterráneo. Este movimiento masivo muestra claramente que los baños de mar en primavera, o al menos el acercarse a la playa, como otras muchas cosas , se han democratizado y han dejado de ser  una exclusiva  costumbre de esa antigua clase social glamourosa “Las Gens du Munde”, a la que en el fondo a muchos nos hubiera gustado pertenecer y en la que tal vez hubiéramos querido vivir.

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