Castañas en los jardines de La Granja

En los jardines de La Granja existen todavía algunos viejos castaños que cuando llega el otoño dan unos frutos pequeños y dulces. Estos castaños, si se les compara con los castaños de indias, tan abundantes en el jardín, son bastante raros.

Algunos niños, acompañados de sus padres urbanitas, que acuden al jardín los fines de semana de otoño, recogen gran cantidad de los frutos de los castaños de indias, confundiendolos con la castaña común. Ignoran que esta otra castaña, la castaña loca, no es comestible y cuando la muerden, sienten el amargor de su carne que contrasta con el sabor único y dulce de la castaña común escupiendola rápidamente con cara de desagrado. En el mejor de los casos, las castañas que los niños suelen guardar en sus bolsillos, vuelven entonces raudas al suelo, pero en otras ocasiones, dependiendo del humor que en el niño produce esta sorpresa, pueden ser lanzadas con rencor contra sus complacientes progenitores, o contra el hermano pequeño, quien desgraciadamente suele ser el receptor último de las amarguras del mayor. Andan perdidos a castañazos.

Algunos otros niños, vacían de carne las castañas locas, y las pinchan en un palo. Remedan las pipas de tabaco de los mayores y con cara sería y de circunstancias, juegan a fumar tabaco, mientras introducen el palo en la boca al tiempo que con la mano derecha recogen la cazoleta, imitando el gesto meditabundo de algún abuelo.

En mi infancia solíamos ver a un loco que gritaba solo por las calles de Madrid, y que se había vuelto así por comer muchas castañas locas, las del sabor amargo, que nosotros evitábamos con pánico.

Los frutos que nacen en los jardines de La Granja son siempre frutos pequeños, pero de sabor intenso y concentrado: las cerezas o guindas, rojas y de jugo delicioso en la primavera tarda; las manzanas acidas en el verano y estas castañas dulces del otoño. Todas son muy pequeñas. Parece que los frutales hubieran utilizado ya toda su energía para sobrevivir el intenso frío de los inviernos, y que cuando llega la primavera apenas les quedase fuerza para gastarla produciendo frutos grandes, que en estas sierras ásperas y duras, siempre pueden parecer un derroche.

En ese monstruoso Madrid Gallardoniano, por donde alguna vez aun paseo, todavía siguen apareciendo con el otoño, en las plazas y en las glorietas, las castañeras con sus casetas y sus hornos de carbón. Entre el asfalto y el hormigón , entre los humos del gasoleo, los túneles, y las paranoicas torres , el olor de las castañas asadas, nos recuerda el paso de las estaciones. Estas castañas asadas callejeras no sólo nos traen el sabor del otoño, y el olor de otros tiempos, sino que también nos dan el calor perdido cuando empieza a caer la noche en los inviernos. Queremos a las castañeras madrileñas, pero nos es aún dificil perdonar ese número variable, a veces excesivo, de castañas podridas que irremediablemente introducen, a modo de peaje, en sus cucuruchos ásperos de papel de periódico, en donde encuentran su digno purgatorio las noticias absurdas del verano.

En los libros de Plinio o de Dioscórides, apenas se dedican unas líneas a las castañas. Pero el segoviano Andrés Lagunas, en sus comentarios al Dioscórides, citando a Galeno, nos dice que “[Las castañas ] dan al cuerpo más nutrimiento que ningún otro fruto salvaje” y ” Que crecen la mayor parte en lugares montuosos y ásperos, donde se coje muy poco pan, de donde se conoce la providencia de la natura, que la falta de un fruto, quiso recompensar con otro dando a los cuerpos robustos y montesinos, mantenimiento grueso y propio de su complexión”. Al contrario de otros frutos secos con los que los anglosajones suelen agruparlas ( nueces , avellanas , almendras…) , las castañas contienen fundamentalmente agua (50%) y almidón (42%), y antiguamente se hacía con ellas , cuando estaban secas, una harina que sustituía a la harina del trigo en épocas de penuria.

Los franceses inventaron, parece ser que a finales del Siglo XVII, el “Marrón glacé”, las castañas glaseadas que nos endulzan estos días frios de la Navidad y Fin de Año y que también, aunque de forma más lejana nos mantienen unidos a la tierra y al bosque.

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