El olor de los tilos en flor en La Granja de San Ildefonso

Cuando llegaban las primeras noches de julio, las flores de los tilos de los jardines de la fachada de levante del palacio se abrían y esparcían su perfume denso y empalagoso por el pueblo.

Abríamos entonces los balcones de la antigua casa de oficios, y es posible que también antes las ventanas de la casa de canónigos,  y el perfume inundaba todos los rincones y penetraba también en nosotros.

En la casa de una amiga hay dos tilos plantados en el jardín de al lado y en estas noches primeras de julio el aroma dulzón  de su flor, vuelve a penetrar en nosotros cuando abrimos las ventanas de la casa.

Yo no sé qué virtudes mágicas tendrá este perfume profundo de los tilos. Pero es seguro que los antiguos jardineros de palacio que aconsejaron a Felipe V traerlos a La Granja desde Holanda en el Siglo XVIII, y que después se agrupaban en misteriosas y antiguas cofradías, las conocían muy bien cuando  los plantaron por decenas delante de la fachada del palacio.

El aroma de las flores de los tilos en estas noches de verano han embriagado durante más de tres siglos a los habitantes del palacio y a  los vecinos de este pueblo, probablemente sin que ninguno de ellos se percatara de su influjo. Un influjo amoroso, dionisiaco y embriagador; antiguo y ancestral.

Es posible que la infanta Isabel de Borbon cayera enamorada bajo su influjo profundo y penetrante, y el Rey Alfonso XIII, y la reina Victoria Eugenia, y el infante D Alfonso y la infanta Beatriz de Sajonia Coburgo Gotha y la princesa de Sal-Sam y otros tantos muchos que querían  a La Granja en su palacio, desconociendo el origen de el influjo ancestral que despertaba sus amores en aquellos veranos. Es posible también  que por el Barrio Alto llegara este influjo hasta el palacio de los Bauer; y que en alguna noche de brisa, embriagara el aroma también los barrios bajos, entrando por las ventanas en las alcobas de las muchachas en flor y de las mujeres maduras, que volvían a soñar con aquella época en la que sus cuerpos era jovenes y sus sentidos empezaban a despertarse.

 Y es posible que algunos de vosotros también lo sintierais   en alguna noche de julio mecido por el arrobo de unos ojos castaños o unos labios carnosos, desconociendo el origen profundo de este embeleso salvaje del estío

Hoy creo que los jardineros ya no se agrupan en cofradías y claramente han perdido  esa sabiduría profunda de los jardineros de antaño, que hacía relacionarse al hombre con las plantas de una forma distinta. Pero los tilos delante del palacio, ya muy viejos, dañados, cansados y enfermos , siguen floreciendo al inicio del verano, y vacío ya de risas y del manteo de los trajes de seda el interior del palacio, el aroma de sus flores sigue penetrando por las ventanas de las casas del pueblo, jugando con los hombres y las mujeres que en el calor de la noche , inocentemente, vuelven a abrir sus ventanas al silencio y a la luz de las estrellas.

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