Los Montes de El Pardo

Cuando en 1872 Francisco Giner de los Rios contempla el paisaje de Segovia desde la cima de Las Guadarramillas en un atardecer de otoño, se siente sobrecogido por una emoción intensa. “No recuerdo”, escribe,” haber sentido nunca una emoción de recogimiento más profunda, más grande, más solemne, más verdaderamente religiosa”.

Esta profunda impresión de la Naturaleza y del paisaje que ha sentido Giner,   puede percibirse , y este es uno de sus grandes descubrimientos, en lugares muy cercanos a la gran ciudad como son las cumbres del Guadarrama.

Son los institucionistas los que nos enseñan a disfrutar y a sentir el paisaje de la Sierra del Guadarrama  y los que transmiten a los madrileños, a través de muchas generaciones, el amor a la Sierra y al Paisaje.

Pero mucho  más cercanos a la ciudad de Madrid que las cumbres del Guadarrama están los montes de El Pardo. Giner escribe sobre El Pardo en 1888: “Un admirable paisaje, donde el sombrío verdor de las encinas, la esmeralda de los pinos, la plateada seda de las retamas, las zarzas, jaras, rosales espinos, sauces, fresnos, chopos y álamos blancos, cuyo pie alfombran con inagotable profusión el tomillo, el cantueso, el romero, la mejorana y otras olorosas labiadas, que huellan sin cesar gamos y conejos, forman una vista grandiosa, coronada por la vecina sierra con su cresta de nieve en el invierno, sus radiantes celajes en el verano…”

A El Pardo se acercan muchas veces Giner y los hombres más cercanos de la Institución, y entre los paisajes de El Pardo, D Francisco enseña a sus discípulos lo más profundo de sus ideas y de su postura ante la vida y ante las cosas.

Giner siente en el paisaje de El Pardo , la misma intensa emoción que en las cumbres del Guadarrama.  “A veces”, escribió Pijoan ( uno de sus discípulos), ” se tiende en el suelo, levantando solo la cabeza con las manos para mirar mejor: absorbe, diríase, con los ojos los colores del campo; huele la tierra, se adivina que percibe cantos en el rumor de las ramas de las encinas…!Dios mío, Dios mío, y que indignos somos de esta terrenal belleza”.

Estos paisajes tienen también propiedades saludables y sanadoras no solo para el alma ,  sino también para el cuerpo. Hay un cuadro de Sorolla , tan cercano a la Institución, retratando a  su hija María tomando el aire y el sol en una finca cercana a los montes de El Pardo intentando curarse una tuberculosis.

En el albúm de fotos de mi madre había unas fotos mias de niño andando entre las encinas de El Pardo, probablemente en los últimos años cincuenta, en la luz de la tarde, con mi abuelo Pepe. Mi abuelo había tenido mucho contacto a través de los Laboratorios de la Junta y de la Residencia de Estudiantes con muchos hombres muy cercanos a la Institucion, y creo yo que muchas de  mis posturas básicas ante la vida, entre ellas ante la Naturaleza,  y que a posteriori entendí como muy cercanas a la Institución,  me hubieran venido a través de él.

En muchas mañanas, agobiado por el tráfico y  la vida de la ciudad,  me acerco a El Pardo.   Esta mañana , como tantas otras, he vuelto a subir a las cercanías del Cristo de El Pardo. Allí como Giner y los suyos, he contemplado de nuevo el Guadarrama nevado,  las encinas extendiondose hacia el horizonte, los viejos pinos, he sentido el color de la retama. Un águila imperial nos sobrevolaba y sentíamos los gamos en la distancia. Hoy también a mí, como entonces  a todos aquellos hombres, el Paisaje de El Pardo, la visión de la Sierra nevada en la distancia,  me han vuelto a serenar, quizás tal vez también a curar.

Pinos en el Cristo del Pardo

María Sorolla en El Pardo

26 de diciembre de 2010

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