María Gracia

Creo que la conocimos en una galería de arte en la calle del Almirante de Madrid. Me sorprendió entonces  su agilidad física y mental y una cierta curiosidad infantil que contrastaba con la edad avanzada que al mismo tiempo aparentaba su rostro. Su sonrisa también era de niña y a través de sus ojos brillantes se comunicaba con una mirada interrogante.
A lo largo de los años, mantuvimos muchas horas de  conversación con ella en Madrid , donde pasaba los inviernos, y también en Italia en su casa de Albagnano  cerca del lago Mayor y del  Centro del Lama Gangchen , en donde vivía desde la primavera  hasta el otoño.

Desde que murió su pareja, un acaudalado noble madrileño, a finales de los sesenta,  y fundamentalmente después de un grave accidente  de coche en los Estados  Unidos, María centró su vida en una incesante búsqueda espiritual, intentando quizás apaciguar el profundo desasosiego que siempre la acompañó , y cuyo origen nunca  descubrió o si lo hizo, nunca quiso desvelar.

A lo largo de este largo peregrinaje de búsqueda,  se implicó profundamente en  algunos movimientos alternativos que provenientes de otras culturas y religiones se habían ido desarrollando en los Estados Unidos. Pero supo siempre guardar la distancia necesaria y una independencia mental, que le alejaron de cualquier atisbo de sectarismo. Pensó estudiar religiones comparadas pero creyó que lo mejor era introducirse en las propias religiones.

Trabajó con Carlos Castaneda en Los Ángeles, enseñando los movimientos de Tensegridad  que este había desarrollado a través de las enseñanzas chamánicas y las disciplinas marciales orientales. María hablaba a veces de las mujeres que acompañaban a Castaneda,  las brujas de Castaneda, con un cierto temor. Iban mucho al cine, decía, porque a través del cine se expresaban los poderes que intentaban mover al mundo. Podían transformarse en mujeres jóvenes y bellísimas o volver a su edad real en poco tiempo. Cuando murió Castaneda, sus dos brujas desaparecieron con él , como si hubieran pasado a esa otra realidad que él había  conocido a través de las enseñanzas de D. Juan.

María  tenía la capacidad de estar corporalmente en un sitio , por ejemplo en Madrid, pero al mismo tiempo dejar su presencia en otro sitio muy lejano, por ejemplo en una casa de Málaga  donde se había enfadado con una amiga. Pero era buena y cuando la decías “María vete ya” su espíritu de niña rabiosa,  su presencia siempre inquieta,  desparecía de allí. Esta capacidad la había aprendido, sin duda, aunque esto nunca lo dijo,  en el círculo de Castaneda sobre el que probablemente conocía cosas que nunca contó.

Tenía una gran estima por el  maestro sufí Adnan Sarhan,  a cuyos campamentos de verano en Alburquerque , Nuevo Méjico, había acudido en varias ocasiones . Con  Adnan había aprendido técnicas de meditación, ejercicios físicos , danza sufí, música y percusión. Adnan venía todas las Semanas Santas a Madrid a impartir un curso al que María nunca faltaba, y al que acudían desde París algunas señoras de edad imprecisa con las que alguna vez se peleaba. Adnan tocaba el tambor de una forma muy sabia  y era capaz de sumir a la audiencia con sus ritmos en un estado mental muy singular, en donde el cuerpo , en cierto modo , quedaba gravitando sobre el asiento.

María contaba experiencias muy duras, como el entrenamiento en el budismo Zen, una larga meditación de casi un mes encerrada en una habitación oscura ,  y cuyo único contacto con el exterior era el agua y la comida que alguien introducía en su habitación, o los largos meses en que vivió sola y aislada en las montañas de Argentina.

En sus últimos años  se acercó a través del Lama Gangchen al budismo tántrico tibetano. Su hija trabajaba durante una época como traductora con el Lama y ella compró una preciosa casa de piedra junto al bosque de Albagnano , comía en la comunidad budista, y participaba en los ritos y en los rezos de la Shanga, pero siempre manteniendo una cierta independencia. El Lama la consideraba y la cuidaba.

Su padre era naturista y María guardó siempre un gran respeto por los medios de curación natural y evitaba siempre la medicina convencional, a sus médicos y a sus hospitales. La última vez que la ví, en el último verano, se había roto la cadera y estaba ingresada en el Hospital Clínico de Madrid, en este ingreso se concilió con la medicina tradicional.

María había sido uno de  los socios fundadores del primer restaurante macrobiótico que se abrió en Madrid: La Biotica, y practicaba la alimentación macrobiótica con una persistencia aragonesa. Por un cartel que había en La Biotica nos enteramos de su muerte acontecida en una residencia en el último septiembre. Me sorprendió, porque ella siempre afirmaba últimamente que estaba muy segura de que nunca iba a morir . Y es muy posible de que realmente no haya muerto, sino que solo haya pasado a esa otra dimensión a la que pasaron las brujas de Carlos Castaneda, y para lo que se había entrenado con el Lama Gangchen en Albagnano .

Cuando un día le pregunté de todas las actividades que había hecho cual le había ayudado más, me dijo que lo más importante era el camino.

Busquemos como si hubiéramos de encontrar, y encontremos con el afán de buscar. Cuando el hombre cree acabar, entonces principia. 

(Agustín de  Hipona )

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