Retrato de Jaime Gil de Biedma en los Jardines de La Granja de San Ildefonso. Verano de 1974.

Jaime Gil de Biedmaen los Jardines de La Granja. 1974. (Colita)

Jaime Gil de Biedmaen los Jardines de La Granja. 1974. (Colita)

La primera vez que vi esta fotografía del poeta fue hace algunos años, en una acogedora librería de La Granja, Farinelli , a donde a menudo acudía a escudriñar en sus estanterías buscando libros que me acompañarán en las tardes de verano. Aquella foto en la pared captó poderosamente mi atención, pero no hizo que me acercara al personaje, a quien quizás se le considerara entonces, por su homosexualidad abierta, su afición a la noche y a las bebidas alcohólicas un tanto exagerada, y porqué no decirlo, por su condición de poeta, como un personaje  bastante maldito, aunque  siempre muy distante de los límites que llegó a cruzar, hasta perderse, Leopoldo María Panero.

Mi percepción de Jaime Gil de Biedma cambió mucho hace pocos años tras ver un documental  sobre su vida. En aquél documental aparecían sus amigos, y también sus hermanas y sus sobrinas, el tío Jaime, ofreciendo una imagen real, polifacética y compleja de los múltiples personajes que componían su personalidad. Este cambio en mi visión de Gil de Biedma me hizo también interesarme por sus escritos.

Estaban en aquél documental de entonces: el hijo de  familia de la alta burguesía; el consejero de los Tabacos de Filipinas; el viajante a los trópicos; el estudiante de derecho en la Universidad de Barcelona; el estudiante dandi en la Universidad de Oxford, en donde quedó impresionado por Alberto Jiménez Fraud y Natalia Cossio y la España perdida que representaban, el amigo de sus amigos, el hermano, el tío… Y el poeta,

Pero quizás lo que más me interesaba de Gil de Biedma, más allá de todo esto, era su veta castellana, algo que le venía de su madre y de su abuelo, Santiago Alba, un político conservador de Valladolid muy influyente en el primer tercio del pasado siglo. Esta veta un tanto carpetovetónica , contrarrestaba con creces el toque algo remilgado  de algunos de los intelectuales de la Barcelona de su época. Su profundo dominio del castellano, que sin duda provenía también de su madre, contrastaba con su uso algo más ligero  en la Barcelona de entonces.

La Guerra Civil obligó a los  Gil de Biedma  a pasar tres años en una casa familiar antigua  en Nava de la Asunción en la provincia de Segovia. Nava, y más específicamente, los tres años de su niñez en Nava, quedaron muy profundamente grabados en el alma del poeta. A esta casa volvían en los veranos y en ella se curó de una tuberculosis pulmonar que le atacó en su juventud.

Quizás esta relación con Nava, con su niño interior que él buscaba en los años para él felices de la Guerra, fue una de las cosas que más me impresionó. Aquella casa familiar, vendida al cabo de los años y a donde volvían sus hermanas ya mayores, aparecía  mezclandose las imágenes de ahora con los viejos fotogramas descoloridos en súper ocho de otros tiempos. Tiempos en los que a juzgar por las escenas familiares debieron ser de una intensa alegría.

 Para empezar, la guerra

fue conocer los paramos con viento,

los sembrados de gleba pegajosa

y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,

con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.

Mi amor por los inviernos mesetarios

es una consecuencia

de que hubiera en España casi un millón de muertos.

 Sus dos hermanas aparecían también en el documental sentadas en el pinar en una mesa con mantel merendando enfrente de la bellísima Ribera de los Alisos con el Eresma al fondo, discutiéndolo todo, costumbre está que sin duda también  les venía de Valladolid. La mesa con mantel estaba colocada delante de la casa de campo, ahora derruida, a donde acudía la familia a cazar palomas. El recuerdo del hermano en aquél paraje único al que tanto había querido, delante de la vieja casa de campo con el techo derrumbado, tenía un efecto demoledor. Todo ello ofrecía una imagen barroca  del paso del tiempo, del vacío creado por la muerte, hechos  que desde joven obsesionaron a Gil de Biedma.

 Los pinos son más viejos.

                                         Sendero abajo,

sucias de arena y rozaduras

igual que mis rodillas cuando niño,

asoman las raíces.

Y allá en el fondo el río entre los álamos

completa como siempre este paisaje

que yo quiero en el mundo,

mientras que me devuelve su recuerdo

entre los más primeros de la vida.

 Un pequeño rincón en el mapa de España

que me sé de memoria, porque fue mi reino.

Podría imaginar

que no ha pasado el tiempo,

lo mismo que a seis años, a esa edad

en qué el dormir descansa verdaderamente,

con los ojos cerrados

y despierto en la cama, las mañanas de invierno,

imaginaba un día del verano anterior.

                                                           Con el olor

profundo de los pinos.

Pero están estos cambios apenas perceptibles,

en las raíces, o en el sendero mismo,

que me fuerzan a veces a deshacer  lo andado.

Están estos recuerdos, que sirven nada más

para morir conmigo.

 Estas casas vendidas de las viejas familias, como la de los Panero en León también reflejada en dos intensos documentales, como quizás también las de mi familia en Navarra y en Zamora, eran  el  mejor espejo  del cambio acontecido a lo largo de cuatro o cinco generaciones. Su venta puede que  marque el  paso de las más cercanas a una nueva forma de vida, más o menos impuesta,  en exceso dominada por una extraña cultura norteamericana, mezcla de otras muchas,  y del capitalismo absurdo en donde las raíces de la familia y de la tierra ya poco importan.

Pero antes que en Nava, la familia Gil de Biedma  pasaba los veranos en San Rafael, en casa del abuelo, y tras la Guerra Civil , según su biógrafo Miguel Dalmau, durante algunos años, también en La Granja.

Hasta el final de su vida, escribe Dalmau, el poeta amó La Granja, su palacio, y sus jardines. Le gustaba pasear entre los parterres, las frondas umbrías, y el rumor de las fuentes.

De niño paseaba con las criadas y las hermanas  por los jardines y le extasiaban las estatuas de mármol y las figuras mitológicas que surgían del agua a las que pronto aprendió a reconocer por sus nombres. Jugaban con los hijos de otras familias aristócratas que tras la Guerra Civil veraneaban en La Granja: Martinez-Bordiu, Armada, Casares… con los que practicaba el tenis y la natación. Iban también a la casa del Marqués de Valdeiglesias, el padre de Luis Escobar. Con este  se inicia en el teatro, y aprende a recitar sobre el escenario.

También   he podido encontrar, una leve referencia a las milicias universitarias en el campamento de El Robledo, en donde estuvo en 1949, y  una nostálgica nota sobre el olor de los pinares, de la hiedra y de los tilos de su  jardín, bajando el puerto,  de camino hacia Nava desde Madrid en los veranos, que pudiera de algún modo relacionarse con La Granja.

Nava de la Asunción, La Granja,  Segovia y Castilla formaban parte de la mitología personal y de la forma de ser de Jaime Gil de Biedma.  He querido  por ello colgar hoy en mi blog esta vieja foto del 74 y  agregarle  a la galería de personajes, que de una forma u otra, dejaron su huella entre nosotros.

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