El Lama Gangchen en Albagnano

Lama Gangchen en Borobudur

En las montañas que rodean el Lago Mayor en el norte de Italia, hay un pequeño pueblo, Albagnano, en donde, desde los inicios de los años ochenta , vive el Lama Gangchen.

Lama Gangchen nació en 1942 en el Tibet y desde la edad de tres años fue instruido en una antiquísima tradición de Lamas sanadores en un viejo linaje que tenía su origen en el Buda Sakyamuni.

Conocí al Lama Gangchen en Albagnano en el verano de 2009. Acudí a un curso de iniciación en algunos fundamentos de Medicina Tibetana, que el Lama impartía allí todos los años.

Albagnano está en un viejo bosque de hayas y de castaños en cuyo espesor existen señales de sendas de antiguos druida. En los  claros del bosque puede  verse a lo lejos, muy abajo, el reflejo del sol en las aguas del lago. En aquella paz del pueblo bajo el sol y la luz del verano se percibía una energía distinta. Energía de la tierra liberada a través de los pliegues de las estribaciones de los Alpes, de las altas cimas,  de los profundos valles, de los grandes simas en lagos alpinos ; y quizás también,  energía cósmica, porque estas montañas están también más cerca del cielo.

Me dijeron  que el Lama Gancheng se había establecido en Albagnano porque este lugar le recordaba a las montañas del Tibet. Pero es posible que más que  un parecido físico, en aquellas montañas el Lama hubiera encontrado el sentimiento de energía que él había percibido en el distante Tibet.  El Lama desprendía con su sola presencia una enorme energía, que transmitía a través de sus manos y que  sanaba.

Escribe el Lama que en 1991, en el poblado de Gangchen en el Tibet central, en el transcurso de una sola jornada  bendijo tocando con sus manos sus cabezas, a más de diez mil personas.

Yo he sentido la energía sanadora de la sola presencia del Lama  y el poder curativo  de sus manos, en aquél verano en Albagnano. Quizás por eso también sé , que esta capacidad excepcional de curación del Lama, no se debe solo a la energía telúrica o cósmica que puede percibirse en los alrededores del lago Mayor en Albagnano, sino a una única y también excepcional capacidad del Lama Gangchen de amor y de compasión.

Encima de mi mesilla de noche tengo una foto del Lama Gancheng meditando, en idéntica actitud a la de una pequeña talla del Buda.

Cuando agobiado por algunas pequeñas cosas de la  vida, miro la foto del Lama Ganchen, siento de nuevo su presencia. Una presencia excepcional marcada por su capacidad de amor y de compasión hacia todos los seres que habitamos en este planeta , al hombre, a los animales, vegetales,  minerales y hacia nuestra  propia tierra herida.

Imagen del Buda en Albagnano

Imagen del Buda en Albagnano

El lago Mayor y el bosque en Albagnano

28 de diciembre de 2010

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Los Montes de El Pardo

Cuando en 1872 Francisco Giner de los Rios contempla el paisaje de Segovia desde la cima de Las Guadarramillas en un atardecer de otoño, se siente sobrecogido por una emoción intensa. “No recuerdo”, escribe,” haber sentido nunca una emoción de recogimiento más profunda, más grande, más solemne, más verdaderamente religiosa”.

Esta profunda impresión de la Naturaleza y del paisaje que ha sentido Giner,   puede percibirse , y este es uno de sus grandes descubrimientos, en lugares muy cercanos a la gran ciudad como son las cumbres del Guadarrama.

Son los institucionistas los que nos enseñan a disfrutar y a sentir el paisaje de la Sierra del Guadarrama  y los que transmiten a los madrileños, a través de muchas generaciones, el amor a la Sierra y al Paisaje.

Pero mucho  más cercanos a la ciudad de Madrid que las cumbres del Guadarrama están los montes de El Pardo. Giner escribe sobre El Pardo en 1888: “Un admirable paisaje, donde el sombrío verdor de las encinas, la esmeralda de los pinos, la plateada seda de las retamas, las zarzas, jaras, rosales espinos, sauces, fresnos, chopos y álamos blancos, cuyo pie alfombran con inagotable profusión el tomillo, el cantueso, el romero, la mejorana y otras olorosas labiadas, que huellan sin cesar gamos y conejos, forman una vista grandiosa, coronada por la vecina sierra con su cresta de nieve en el invierno, sus radiantes celajes en el verano…”

A El Pardo se acercan muchas veces Giner y los hombres más cercanos de la Institución, y entre los paisajes de El Pardo, D Francisco enseña a sus discípulos lo más profundo de sus ideas y de su postura ante la vida y ante las cosas.

Giner siente en el paisaje de El Pardo , la misma intensa emoción que en las cumbres del Guadarrama.  “A veces”, escribió Pijoan ( uno de sus discípulos), ” se tiende en el suelo, levantando solo la cabeza con las manos para mirar mejor: absorbe, diríase, con los ojos los colores del campo; huele la tierra, se adivina que percibe cantos en el rumor de las ramas de las encinas…!Dios mío, Dios mío, y que indignos somos de esta terrenal belleza”.

Estos paisajes tienen también propiedades saludables y sanadoras no solo para el alma ,  sino también para el cuerpo. Hay un cuadro de Sorolla , tan cercano a la Institución, retratando a  su hija María tomando el aire y el sol en una finca cercana a los montes de El Pardo intentando curarse una tuberculosis.

En el albúm de fotos de mi madre había unas fotos mias de niño andando entre las encinas de El Pardo, probablemente en los últimos años cincuenta, en la luz de la tarde, con mi abuelo Pepe. Mi abuelo había tenido mucho contacto a través de los Laboratorios de la Junta y de la Residencia de Estudiantes con muchos hombres muy cercanos a la Institucion, y creo yo que muchas de  mis posturas básicas ante la vida, entre ellas ante la Naturaleza,  y que a posteriori entendí como muy cercanas a la Institución,  me hubieran venido a través de él.

En muchas mañanas, agobiado por el tráfico y  la vida de la ciudad,  me acerco a El Pardo.   Esta mañana , como tantas otras, he vuelto a subir a las cercanías del Cristo de El Pardo. Allí como Giner y los suyos, he contemplado de nuevo el Guadarrama nevado,  las encinas extendiondose hacia el horizonte, los viejos pinos, he sentido el color de la retama. Un águila imperial nos sobrevolaba y sentíamos los gamos en la distancia. Hoy también a mí, como entonces  a todos aquellos hombres, el Paisaje de El Pardo, la visión de la Sierra nevada en la distancia,  me han vuelto a serenar, quizás tal vez también a curar.

Pinos en el Cristo del Pardo

María Sorolla en El Pardo

26 de diciembre de 2010

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Orquídeas blancas sobre mi mesa esta Navidad

Compré unas orquídeas blancas. Iluminaban la mesa de mi despacho entre papeles y libros.

Empezaron a caer las flores muy pronto. Se arrugaban como papel de seda blanco y caían muertas sobre la mesa.

Parecían influenciarse por la radiación de la pantalla del ordenador que, de alguna forma, podía contrarestar la fuerza vital que mantenía sus pétalos turgentes y enhiestos.

Al poco tiempo, todas las flores habían caido. Quedaba solo el tallo verde de donde habían nacido.

A lo largo de varios meses he visto sobre mi mesa, este tallo desnudo y seco, sin las flores blancas que lo vestían.

A lo largo de todos estos meses eché de menos aquellas flores blancas, tan fugaces. Pero yo seguía regando cada cierto tiempo aquella planta. Seguía contemplando aquellas hojas grandes y carnosas en su base, por donde llegaba la luz a la planta, las raices por donde captaba el agua y sus nutrientes.

Hace unas semanas aparecieron un brotes verdes en los tallos. Estos brotes han ido creciendo hacia la luz de la ventana y produciendo ramificaciones perpendiculares al tallo, cada vez más numerosas conforme los brotes iban creciendo hacia la luz.

En las ramificaciones han ido apareciendo unos botones que han ido engordando hasta convertirse en capullos. Estos capullos guardaban las misma flores blancas que un día yo perdí. De nuevo estaban allí sobre mi mesa, iluminadas sobre los libros y los papeles.

Afuera de mis despacho, en la calle, en los campos y en las luces estaba ya la Navidad.

En este renacer de mis orquídeas se encierra el gran misterio de la vida. Del eterno retorno de las cosas.

A lo largo de todas estas semanas , el contemplar día a día este proceso del renacer en las orquídeas blancas sobre mi mesa, me ha ayudado a curar heridas recientes, a mirar hacia el futuro y a buscar la luz hacia la que yo también debería dirigirme. Me han traido  de nuevo la Paz en esta Navidad.

Simetría de la orquídeaLuces en Navidad

25 de diciembre de 2010

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Carlos de Iracheta.

Nací  en Tudela (Navarra) en mayo de  1953. Último descendiente de una antigua  familia  en la que se  mezclaba  sangre carlista y liberal , tuve una educación  básica estrictamente jesuítica. Estudié medicina en Madrid en los primeros años setenta  y realicé estudios  clínicos de postgrado en Nueva Jersey ( Estados Unidos) donde durante algunos años trabajé en el departamento de investigación de una compañía farmacéutica multinacional. Muy influenciado por los sucesos del Mayo del 68 Francés,  por  los últimos años  agónicos del Franquismo en España y por los inicios de la Transición Democrática, fui abandonando progresivamente mis condicionantes  familiares, religiosos y políticos, hasta conseguir un casi perfecto vaciado mental . En la actualidad  me considero  seguidor de la tradición taoista y budista y vivo en situación de retiro y aislamiento, pero en profundo contacto con la realidad política  y social, en las montañas de Segovia.

Al transmitir a través de este Blog  mis escritos  y pensamientos,  que no  son sino reflejo de mi  actitud ante la naturaleza y la vida,  quiero dejar constancia de mi fundamental rechazo a  la manipulación y el control que los grandes “trust” de comunicación ejercen sobre la libre expresión de las ideas y la transmisión del conocimiento en la sociedad actual. Quiero con ello también contribuir a fortalecer este nuevo y revolucionario  medio mágico, que está destinado a transformar la libre comunicación entre los hombres en un futuro inmediato.

Diciembre de 2010.

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