Jara del Guadarrama

Mis primeros recuerdos del olor de la jara, de la resina pegajosa que impregna sus hojas, de sus flores de pétalos  blancos y estambres  amarillos, se remontan a los veranos cálidos y alargados de mi infancia. Veranos perdidos , cuando la vida era aún estable y segura, y nuestra mayor preocupación era sacar adelante aquellos exámenes inquietantes  que  terminaban definitivamente el curso y daban paso al verano.

Después hemos visto muchas veces, decenas de veces, los montes del Guadarrama repletos de jara floreciendo al final de la primavera y al principio del verano. La veíamos desde las ventanillas de los coches, desde los autobuses de línea, desde los trenes sucios de cercanías camino del Guadarrama, y mucha más cercana, desde los  senderos de tierra  polvorientos y  calurosos .

Y quizás , tras ver la jara  en flor ya tantas veces, tras olerla durante decenas de años, nos fuimos   acostumbrando a ella, y en determinado momento la hicimos parte nuestra, de la memoria de luz de nuestros antiguos  recuerdos.

Vivimos el paso del tiempo a través de los ciclos de la Naturaleza, y mientras ella se renueva en cada primavera, nosotros seguimos envejeciendo sin remedio. Querríamos también  renacer en estos días de junio como la jara  blanca en las cotas bajas de nuestro Guadarrama, como el piorno amarillo en las  más altas, allá donde el pinar acaba pero seguimos atados irremediablemente  a nuestro camino sin vuelta por la vida.

En esta mañana ya casi de verano, la jara en flor , bajo la luz intensa de una primavera tarda, me ha vuelto a sorprender, como si no la hubiera visto nunca, como si hubiera vuelto a aquellos veranos antiguos de los  años cincuenta y sesenta, en los que mi padre cogía el tren todos los días para ir la trabajar a Madrid desde la Sierra, y nosotros correteábamos libres alrededor de la casa, mientras el olor de la jara impregnaba ,sin darnos cuenta,  de forma indeleble los espacios más profundos de nuestra memoria .

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Vida y Muerte del Parque del Palacio de Valsaín.

A menudo se asocia la historia de La Granja  a la del palacio cuya construcción se inicia en el primer tercio del siglo XVIII. La construcción de este palacio  es sin embargo  consecuencia del mal estado en que se encontraba en aquél momento el cercano palacio de Valsaín, La Casa del Bosque, cuyo  origen se remonta a los tiempos de Enrique IV de Castilla, al siglo XV.

Felipe II acomete, ya  en el Siglo XVI, la tarea de construir sobre el antiguo edificio, un bello palacio en el que intervino el arquitecto Gómez de Mora.  Desgraciadamente esta construcción se fue deteriorando progresivamente por la acción de los rayos, de los incendios, de las inclemencias , por el paso del tiempo y también por la acción del hombre.

Felipe V e Isabel de Farnesio prefieren construir un nuevo palacio en las cercanías de la ermita de San Ildefonso, en la granja que allí tenían los monjes del monasterio segoviano del Parral, que reconstruir La Casa del Bosque, en cuyas  escasas habitaciones,   aún practicables , se alojan antes de la terminación de la construcción del Palacio de La Granja.

En  la actualidad sólo quedan algunos  vestigios, en situación  muy lamentable, de La Casa del Bosque, del Palacio de Felipe II, en Valsaín, el origen cercano de La Granja.

Delante del Palacio de Valsaín hay una gran pradera cercada por vallas de piedra, en donde pastan los caballos, y en donde no queda ni un solo árbol. La vista sobre la Sierra desde esta pradera es de una belleza indescriptible. Este pastizal pelado acaba bruscamente en una zona donde crecen viejos robles. La pradera y el robledal pertenecen a un espacio de terreno limitado por una valla de piedra. Esta zona cercada se conoce como El Parque y formaba parte en su tiempo del Palacio de Felipe II.

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Hay un dibujo de un enorme interés trazado por Anton van den Wyngaerde en 1562 cuando se está terminando la construcción del palacio de Valsaín, titulado La Casa del Bosque de Segovia en el que se ve claramente El Parque  bien cercado y repleto de árboles, de grandes robles.

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Hay también noticias de normas de protección de El Parque  en el siglo XVI , impidiendo la corta de leña, la entrada de ganado y la caza dentro del recinto vallado. Por esta normativa sabemos que dentro del recinto no sólo había robles sino también algunos pinos, acebos y fresnos y abundante yerba y que allí  vivían animales de caza mayor y menor. Los de caza mayor parece que eran fundamentalmente venados, aunque es posible que hubiera también corzos, ciervos, gamos, jabalíes; y en lo que respecta a la caza menor, liebres, perdices, conejos y lo que en los documentos antiguos se denominan  aves de volatería. En aquella época vivían también en el pinar osos, que tal vez pudieron llegar a  estar también en algún momento dentro de los límites de El Parque.  Existen también datos de que ya en el Siglo XVI, empezaron las agresiones a El Parque por parte del hombre , y que aún los mismos funcionarios de la corona  se saltaban estas normas de protección talando robles y pinos e introduciendo ganado en el recinto.

En el plano de Valsaín de Pedro de Brizuela , trazado en 1625, además de la  zona de El Parque, hay otra zona vallada en dirección a Segovia al lado del palacio, que lleva el nombre de El Bosquecillo.

En el dibujo  de  Anton van den Wyngaerde, esta zona aparece también densamente poblada de robles. En  la actualidad es también otra pradera totalmente despoblada de árboles en donde pasta el ganado, lo que hace sospechar que El Bosquecillo siguió probablemente un proceso de eliminación del arbolado similar al de  El  Parque.

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Es difícil saber en que época empezó el talado de los robles en los recintos cerrados del palacio de Valsaín. Carlos M. Manuel Valdés, que ha investigado muy profundamente en todos los archivos posibles la historia de los montes de Valsaín desde el Siglo XVI, señala el Siglo XVIII como la época en que probablemente aconteció este proceso destructivo, el cambio del robledal a la pradera, pero no logro encontar en su completo estudio histórico los datos que apoyan esta afirmación

Yo apoyaría más la hipótesis de que  la que la destrucción de El Parque y de El Bosquecillo, fueron procesos paralelos al de la destrucción del palacio, y que todos ellos probablemente se  originaron en mezquinos intereses individuales, claramente furtivos,  en un un proceso que dura varios siglos y que  probablemente se inicia en el siglo XVI como indican los documentos de los juicios contra los furtivos que cortaban leña e introducían ganado en El Parque  recogidos por C.M: Manuel Valdés en su libro.

En el cuadro del palacio de Valsaín que se conserva en el museo de Valencia de Don Juan, de 1624, puede observarse la zona de El Parque adyacente al palacio , bastante despoblada de árboles.

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En 1870, a consecuencia de la ley de 1869, en la que pasan al Estado la mayoría de los bienes de la corona, el palacio de Valsaín, el Bosquecillo y el Parque del Palacio, pasan a manos privadas. El palacio y el Bosquecillo a las de D Joaquín Reches Fernández de las Cuevas y sus socios, y el Parque a las de D Isidoro de Villota y los suyos.

Las ventas del Bosquecillo y el Parque realizadas sin cumplir la legalidad vigente, son anuladas posteriormente y se restituyen al patrimonio real en 1878 con Alfonso XII. El palacio de Valsaín queda sin embargo en manos privadas y es comprado por Alfonso XIII, pasando posteriormente a sus descendientes. Fue declarado bien de interés cultural en 1931.

Es muy posible que durante estos años se acelerara el deterioro del Palacio, del Parque y del Bosquecillo.

En el recurso ante el Senado contra la venta del Parque de Valsain, se dice que entonces existían allí más de 400 robles seculares, 800 y pico pinos y más de 500 árboles de otras especies. Respecto al Bosquecillo se dice que la tasación del arbolado se había hecho en 20 escudos, diez veces menos que su valor real. Se denuncia que los nuevos propietarios, a la espera de la resolución de los litigios han comenzado la tala de árboles. De hecho los hermanos de Villota talan los 3000 pinos plantados por Carlos III en 1787  con semillas rusas del Báltico, en un lugar de Valsaín llamado el Plantel.

En una  vieja fotografía de Valsaín de  1905 recogida por Acu Estebaranz ,en la que se ve parte de El Parque , puede comprobarse la existencia  todavía robles entre grandes claros, en zonas que hoy están totalmente peladas, lo que indica que estos robles se talaron a lo largo del siglo pasado.

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El porqué se permitió durante siglos este destrozo en una zona propiedad sucesivamente de la Corona , de la República y del Patrimonio, y porqué no se conservó este robledal de forma similar a como se conservó el resto del pinar, tiene dificil respuesta.

En la mañana de mayo los caballos trotaban y pastaban por la pradera de El Parque , en un determinado momento al final de  la gran pradera , dentro del recinto vallado, empezaron a aparecer viejos robles , y a la vista de ellos uno se preguntaba , el porqué los restos de La Casa del Bosque no hubieran podido permanecer rodeados de árboles.

Quizás el palacio, El Parque y El Bosquecillo estaban todos marcados por un mismo triste  y ruín destino .

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Baños de mar en primavera

En una librería de viejo del Barrio Alto de Lisboa, un barrio con sabor francés al que se puede acceder desde la Baixa, subiendo por el Chiado,en donde la figura de Fernando Pessoa nos saluda sentado eternamente enfrente del café La Braxileira; o por el ascensor de Santa Justa; o por aquellos viejos tranvías amarillos inclinados que trepan raudos y ruidosos por  cuestas no aptas para cardíacos, encontré, hace ya bastantes años, un elegante libro de finales del XIX titulado Hygiene des Gens du Monde escrito por Al. Donné..

La higiene, tema sobre el que versaba el libro, se ocupa de como conservar la salud en las personas sanas.  La higiene es desde los antiguos la  la parte más fundamental de la medicina, porque una vez que se ha perdido la salud, puede ser muy difícil, en muchos casos imposible,  volver a recuperarla.

El tratado de Donné  va dirigido a  las “Personas  de mundo” a la clase dominante, a los líderes de la Francia de entonces.

Donné da por hecho que las nociones  básicas de higiene ya son aplicadas por estas “Personas de mundo”. El libro por ello se centra en los efectos beneficiosos de los viajes; de las excursiones al campo, al mar y a la montaña; del uso de las aguas minerales; de las estaciones termales y por supuesto de los baños de mar,  para mantener la salud.

Estas recomendaciones, podrían parecer hoy a primera vista pasadas de moda, trasnochadas, más propias de los elementos argumentales de las viejas novelas y de las películas de época, que de la vida actual. Pero yo pienso que siguen estando vigentes.

El ambiente en el que se desarrolla nuestra vida, dominado por el trabajo extenuante, en los que lo tienen, porque el no poderse ganar la vida puede ser peor; el estrés; las congestiones de tráfico; el sedentarismo;el ruido; la contaminación del aire; los alimentos industriales; todos ellos actúan como tóxicos para nuestro organismo: para nuestro cuerpo y para nuestra mente. Nuestro organismo está adaptado a la vida en la naturaleza, está inadaptado a esta vida de tensión y de invasión tóxica permanente. Por eso los viajes hacia la naturaleza, hacia el campo, el mar y la montaña siguen siendo muy  beneficiosos, y probablemente hoy más que en el pasado.

De todas las  posibilidades que revisa Donné, quiero centrarme en los  baños de mar, porque reúnen la acción beneficiosa de los elementos  sobre el organismo: el efecto del agua, el del aire , el del calor del sol y el del contacto directo con la arena.

El agua de mar, es el medio en el que se originó la vida y la composición mineral del medio interno en donde viven nuestras células  se asemeja a la del agua de mar. El baño de mar nos hace volver al contacto con nuestro medio primogénico. Enfría nuestro cuerpo y estimula la generación de calor para mantener la temperatura  corporal. Tonifica y ejercita nuestros músculos fundamentalmente cuando hay un cierto oleaje, o nadamos, y ayuda a disminuir la tensión y el estrés. En otra dimensión, el mar nos acerca a la unión con el todo.

El aire del mar es rico en yodo que proviene de la descomposición de las algas marinas. El yodo es fundamental para el funcionamiento del tiroides, y las hormonas tifoideas estimulan la función general del organismo. Sí somos conscientes de nuestra respiración profunda, de como este aire limpio y yodado del mar penetra en nuestros pulmones, nos hacemos conscientes de la unión del aire con nuestro cuerpo, y esto también nos ayuda a unimos al todo.

El sol sintetiza vitamina D en nuestra piel y la vitamina D , no sólo tiene efectos beneficiosos sobre el hueso, si no que también estimula la inmunidad, la función muscular y parece que nos protege de la degeneración celular cancerosa. Todas las células del organismo presentan receptores para la vitamina D, que parece ser de este modo, un componente esencial para el funcionamiento de nuestro organismo. El sol también calienta y dilata los vasos de la piel y al entrar estos en  contacto con  el agua fría,  se contraen, sometiendose a una especie de gimnasia vascular cutánea muy beneficiosa que los nórdicos han llevado a su extremo con la sauna.

Por último, nuestros pies desnudos entran en contacto directo con la arena. El roce, el masaje del pie al andar sobre la arena, tiene acciones estimulantes. Pero también el contacto directo de nuestro cuerpo con la tierra nos acerca a un tipo de relación con los elementos que hemos perdido con el asfalto, las aceras y el calzado. Y que decir de la mirada al horizonte en donde el mar y el aire convergen.

El baño de mar, por todo ello, actúa como un potente estimulante metabólico general de nuestro organismo y nos ayuda a serenar el alma y a acercarnos al todo.

El Mediterráneo en la época en que Donné escribió su libro, empezaba a tener una temperatura adecuada para el baño a finales de mayo, pero con el calentamiento climático, esta fecha se ha adelantado y probablemente a partir de la segunda quincena de abril la temperatura sea ya  adecuada. El Cantábrico puede ser menos propicio en este época, aunque estamos ya acostumbrados a ver en lo noticieros a esas personas que en todas las estaciones, a todas horas y aún habiendo nieve en la arena,  se bañan, movidos por una extraña adicción,  que yo comprendo bien, en la playa de La Concha en San Sebastián. El Atlántico, en mi querida antigua y señorial Lisboa,  en donde encontré este bello libro, me parece impracticable en abril y en mayo.

En los puentes de Semana Santa o del Primero de Mayo, decenas de miles de personas salen de las ciudades con rumbo al Mediterráneo. Este movimiento masivo muestra claramente que los baños de mar en primavera, o al menos el acercarse a la playa, como otras muchas cosas , se han democratizado y han dejado de ser  una exclusiva  costumbre de esa antigua clase social glamourosa “Las Gens du Munde”, a la que en el fondo a muchos nos hubiera gustado pertenecer y en la que tal vez hubiéramos querido vivir.

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Árboles singulares de España

En una librería de lance, encuentro sin mucho escudriñar, un bello libro del año 2005 titulado Guía de los árboles singulares de España. La obra recoge cincuenta reportajes escritos por el periodista César-Javier Palacios, ilustrados por José Ignacio Redondo y publicados en El País Semanal  entre 1997 y 1998.

La obra incluye las historias populares forjadas a lo largo de muchas generaciones alrededor de cincuenta árboles españoles centenarios y muchos de ellos milenarios.

Estos viejos árboles  tienen un ritmo temporal distinto, mucho más lento que el de la vida del hombre y quizás por esa energía captada de la tierra y de la atmósfera a lo largo de sus varios siglos de existencia, han sido respetado por los hombres que se han acercado a su cobijo. En algunas ocasiones, cuando ha sido necesario,  los han defendido de aquellos que con sus hachas querrían transformar su vida en madera muerta y en billetes de banco.

Javier Palacios relata en su libro las bases de las relaciones ancestrales entre los hombres y los árboles, que originalmente eran adorados como dioses. El cristianismo adaptó en parte esta vieja relación plantando los árboles, fundamentalmente olmos  y tejos, al lado de las iglesias y las ermitas. También muchas de las advocaciones de la Virgen, aparecen ligadas a los nombres de los árboles en donde hacían su aparición: la encina, el robledo, el pino, el espino… Todo esto es muestra de esa enorme cantidad de energía que los árboles son capaces de captar y almacenar, y también de compartir con los otros seres vivientes que se acercan a ellos, incluido el hombre, y el que se les considerara de origen divino.

El viejo roble de Guernica, en Vizcaya , es ejemplo de otro tipo de relación de los árboles con el hombre. Bajo su sombra se tomaban los acuerdos que afectaban a la comunidad, se juzgaba, o se cerraban los tratos con un apretón de manos. El árbol era símbolo de la rectitud, de la solidez, de la experiencia, de la tradición y era respetado por ello  por los conciudadanos.

De los cincuenta árboles singulares recogidos en este libro, diecisiete son robles, seis  encinas, cuatro olivos y en número de tres están representados  los castaños, los pinos y los cipreses. Dos son  tejos, y con sólo un ejemplar están el resto: la higuera, el tilo, el moral, la secuoya, el alcornoque, el olmo y otros árboles ya menos frecuentes como la sabina, el drago o el almez.

Destaca pues  entre todos los árboles singulares por su frecuencia el roble, un árbol que en la vieja tradición vasca, era considerado como un dios y que es capaz de almacenar cantidades enormes de fuerza y energía. Esta distribución hace  pensar también en el roble y la encina como los árboles más arraigados en nuestra piel de toro.

Palacios relata en su libro los esfuerzos de los pueblos por defender estos árboles testigos del paso de múltiples generaciones bajo sus sombras, impregnados en las viejas leyendas. Hace tan sólo veinte o treinta años, las distintas comunidades autónomas empezaron a poner muy lentamente  en marcha acciones  para proteger a algunos de  estos árboles singulares, como monumentos naturales. Esto ha sido  muy beneficioso para su cuidado y su conservación , pero también  ha conseguido  llamar, quizás demasiado,  la atención de las  peligrosas masas turísticas que en los días de asueto andan de aquí para allá visitando lo que sea: un parque temático, las huellas de los dinosaurios, o un árbol singular,  y que a veces no entienden  la frágil condición de estos árboles centenarios.

De hecho, en el libro de Palacios se relata la muerte de dos de estos árboles desde el momento que se hicieron los reportajes hasta que se publicaron en el libro: el roble de la Casa de Juntas de Guernica y la vieja olma  de la plaza de Rasacafría. Esto equivale a la muerte de un cuatro por cien de estos árboles en un periodo de siete-ocho años.

Si yo tuviera que hacer, como sugiere Palacios, un inventario de los árboles singulares y centenarios de La Granja y Valsaín, tendría serias dificultades para seleccionarlos entre las decenas de robles, pinos, fresnos, castaños,  guindos, saúcos, secuoyas,  cedros del Líbano,  avellanos,  acebos… Esto señala que la protección de los árboles singulares debería ser el primer paso hacia una protección más  general de los árboles en España y en la que casi la totalidad de las personas, más allá de los legisladores, deberían implicarse.

En la Naturaleza todos sus componentes formamos parte de una misma unidad, y las acciones sobre una de estas partes repercute de forma irremediable sobre el resto. Debemos respetar a los hombres y a los animales, a los árboles y a las plantas y a los propios elementos geológicos que forman la Tierra porque a todos ellos estamos unidos por fuerzas ancestrales porque todos ellos son nuestros hermanos y porque una acción irresponsable sobre alguno de ellos puede volverse al final contra nosotros.

El hombre primitivo, el hombre antiguo era consciente de esta relación con la Naturaleza, y por ello tengo la esperanza de que el hombre post-moderno, el hombre que sobreviva los desmanes del  capitalismo absurdo que ahora impera, pueda volver a recuperar esta relación. Una relación que todavía tenían con los árboles muchos de los personajes entrevistados por Javier Palacios en sus reportajes.

El último  pino

El último pino

Las olmas desaparecidas de la sierra de Guadarrama

La olmeda de la ermita de San Juan de Baños en Palencia

 

 

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Retrato de Jaime Gil de Biedma en los Jardines de La Granja de San Ildefonso. Verano de 1974.

Jaime Gil de Biedmaen los Jardines de La Granja. 1974. (Colita)

Jaime Gil de Biedmaen los Jardines de La Granja. 1974. (Colita)

La primera vez que vi esta fotografía del poeta fue hace algunos años, en una acogedora librería de La Granja, Farinelli , a donde a menudo acudía a escudriñar en sus estanterías buscando libros que me acompañarán en las tardes de verano. Aquella foto en la pared captó poderosamente mi atención, pero no hizo que me acercara al personaje, a quien quizás se le considerara entonces, por su homosexualidad abierta, su afición a la noche y a las bebidas alcohólicas un tanto exagerada, y porqué no decirlo, por su condición de poeta, como un personaje  bastante maldito, aunque  siempre muy distante de los límites que llegó a cruzar, hasta perderse, Leopoldo María Panero.

Mi percepción de Jaime Gil de Biedma cambió mucho hace pocos años tras ver un documental  sobre su vida. En aquél documental aparecían sus amigos, y también sus hermanas y sus sobrinas, el tío Jaime, ofreciendo una imagen real, polifacética y compleja de los múltiples personajes que componían su personalidad. Este cambio en mi visión de Gil de Biedma me hizo también interesarme por sus escritos.

Estaban en aquél documental de entonces: el hijo de  familia de la alta burguesía; el consejero de los Tabacos de Filipinas; el viajante a los trópicos; el estudiante de derecho en la Universidad de Barcelona; el estudiante dandi en la Universidad de Oxford, en donde quedó impresionado por Alberto Jiménez Fraud y Natalia Cossio y la España perdida que representaban, el amigo de sus amigos, el hermano, el tío… Y el poeta,

Pero quizás lo que más me interesaba de Gil de Biedma, más allá de todo esto, era su veta castellana, algo que le venía de su madre y de su abuelo, Santiago Alba, un político conservador de Valladolid muy influyente en el primer tercio del pasado siglo. Esta veta un tanto carpetovetónica , contrarrestaba con creces el toque algo remilgado  de algunos de los intelectuales de la Barcelona de su época. Su profundo dominio del castellano, que sin duda provenía también de su madre, contrastaba con su uso algo más ligero  en la Barcelona de entonces.

La Guerra Civil obligó a los  Gil de Biedma  a pasar tres años en una casa familiar antigua  en Nava de la Asunción en la provincia de Segovia. Nava, y más específicamente, los tres años de su niñez en Nava, quedaron muy profundamente grabados en el alma del poeta. A esta casa volvían en los veranos y en ella se curó de una tuberculosis pulmonar que le atacó en su juventud.

Quizás esta relación con Nava, con su niño interior que él buscaba en los años para él felices de la Guerra, fue una de las cosas que más me impresionó. Aquella casa familiar, vendida al cabo de los años y a donde volvían sus hermanas ya mayores, aparecía  mezclandose las imágenes de ahora con los viejos fotogramas descoloridos en súper ocho de otros tiempos. Tiempos en los que a juzgar por las escenas familiares debieron ser de una intensa alegría.

 Para empezar, la guerra

fue conocer los paramos con viento,

los sembrados de gleba pegajosa

y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,

con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.

Mi amor por los inviernos mesetarios

es una consecuencia

de que hubiera en España casi un millón de muertos.

 Sus dos hermanas aparecían también en el documental sentadas en el pinar en una mesa con mantel merendando enfrente de la bellísima Ribera de los Alisos con el Eresma al fondo, discutiéndolo todo, costumbre está que sin duda también  les venía de Valladolid. La mesa con mantel estaba colocada delante de la casa de campo, ahora derruida, a donde acudía la familia a cazar palomas. El recuerdo del hermano en aquél paraje único al que tanto había querido, delante de la vieja casa de campo con el techo derrumbado, tenía un efecto demoledor. Todo ello ofrecía una imagen barroca  del paso del tiempo, del vacío creado por la muerte, hechos  que desde joven obsesionaron a Gil de Biedma.

 Los pinos son más viejos.

                                         Sendero abajo,

sucias de arena y rozaduras

igual que mis rodillas cuando niño,

asoman las raíces.

Y allá en el fondo el río entre los álamos

completa como siempre este paisaje

que yo quiero en el mundo,

mientras que me devuelve su recuerdo

entre los más primeros de la vida.

 Un pequeño rincón en el mapa de España

que me sé de memoria, porque fue mi reino.

Podría imaginar

que no ha pasado el tiempo,

lo mismo que a seis años, a esa edad

en qué el dormir descansa verdaderamente,

con los ojos cerrados

y despierto en la cama, las mañanas de invierno,

imaginaba un día del verano anterior.

                                                           Con el olor

profundo de los pinos.

Pero están estos cambios apenas perceptibles,

en las raíces, o en el sendero mismo,

que me fuerzan a veces a deshacer  lo andado.

Están estos recuerdos, que sirven nada más

para morir conmigo.

 Estas casas vendidas de las viejas familias, como la de los Panero en León también reflejada en dos intensos documentales, como quizás también las de mi familia en Navarra y en Zamora, eran  el  mejor espejo  del cambio acontecido a lo largo de cuatro o cinco generaciones. Su venta puede que  marque el  paso de las más cercanas a una nueva forma de vida, más o menos impuesta,  en exceso dominada por una extraña cultura norteamericana, mezcla de otras muchas,  y del capitalismo absurdo en donde las raíces de la familia y de la tierra ya poco importan.

Pero antes que en Nava, la familia Gil de Biedma  pasaba los veranos en San Rafael, en casa del abuelo, y tras la Guerra Civil , según su biógrafo Miguel Dalmau, durante algunos años, también en La Granja.

Hasta el final de su vida, escribe Dalmau, el poeta amó La Granja, su palacio, y sus jardines. Le gustaba pasear entre los parterres, las frondas umbrías, y el rumor de las fuentes.

De niño paseaba con las criadas y las hermanas  por los jardines y le extasiaban las estatuas de mármol y las figuras mitológicas que surgían del agua a las que pronto aprendió a reconocer por sus nombres. Jugaban con los hijos de otras familias aristócratas que tras la Guerra Civil veraneaban en La Granja: Martinez-Bordiu, Armada, Casares… con los que practicaba el tenis y la natación. Iban también a la casa del Marqués de Valdeiglesias, el padre de Luis Escobar. Con este  se inicia en el teatro, y aprende a recitar sobre el escenario.

También   he podido encontrar, una leve referencia a las milicias universitarias en el campamento de El Robledo, en donde estuvo en 1949, y  una nostálgica nota sobre el olor de los pinares, de la hiedra y de los tilos de su  jardín, bajando el puerto,  de camino hacia Nava desde Madrid en los veranos, que pudiera de algún modo relacionarse con La Granja.

Nava de la Asunción, La Granja,  Segovia y Castilla formaban parte de la mitología personal y de la forma de ser de Jaime Gil de Biedma.  He querido  por ello colgar hoy en mi blog esta vieja foto del 74 y  agregarle  a la galería de personajes, que de una forma u otra, dejaron su huella entre nosotros.

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Eduardo Chillida: la estructura de la música de J S Bach y la estructura de la naturaleza.

Hay un pensamiento del escultor vasco  Eduardo Chillida, que siempre me ha sorprendido, y al que más de una vez me he referido,  y es la relación que él establecía entre la música de Bach y el ritmo del mar. Chillida, como todos los buenos artistas y poetas, era una persona enormemente intuitiva y  basaba precisamente  su conocimiento  en esta percepción única de las cosas.

He querido explorar si más allá de la mera intuición del artista,  existe una relación entre la música de Bach y la naturaleza.

En los años ochenta, Benoit B Mandelbrot , un matemàtico que trabajaba en el centro de investigación de IBM en París, publicó un impresionante libro que tituló “The Fractal Geometry of Nature” (La geometría fractal de la naturaleza) en donde establecía las bases de una nueva forma de acercarse y comprender los objetos  naturales que superaba las limitaciones de la geometría clásica.

Mandelbrot creó la palabra “Fractal” como una derivación de la palabra latina “Fractus” que quiere decir fragmentos, es decir  el resultado de romper algo. Fractus al mismo tiempo  quiere decir irregularidad. Los fractales  son pues fragmentos irregulares; pero además tienen una perspectiva de escala,  su grado de fragmentación y de irregularidad es idéntico en todas las escalas en donde los estudiemos: desde las más amplias a las infinitesimales. Si hacemos un zoom desde una macroestructura, los fractales se repiten conforme nos vamos acercando cada vez más, y se pueden prolongar hasta el infinito. Mandelbrot definió también las funciones matemáticas que caracterizan una distribución fractal.

Muchos elementos de la naturaleza pueden entenderse como un un conjunto de fractales, y de hecho desde el trabajo de Mandelbrot, el estudio de los fractales se han aplicado prácticamente a todas las ciencias: desde la astronomía a la biología, pasando por la botánica y la geología. Las olas del mar pueden estudiarse  también desde  esta perspectiva y  se ha podido observar en ellas una distribución fractal.

Al inicio de los años 90 Keneth H Xhü y su hijo Andreas, basándose en la concepción de Einstein de que la música podía entenderse como un conjunto de ondas sonoras, definibles por su frecuencia y su amplitud, comprobaron, utilizando varios fragmentos de Bach, que tanto las frecuencias como la amplitud de las ondas sonoras de sus composiciones, tenían una distribución fractal .

Más allá de la mera intuición del artista,  los fenómenos de la naturaleza, incluyendo las olas del mar, y la música de Bach tienen pues  un hecho en común: su  estructura fractal.

Mandelbrot llamó ya la atención en su libro sobre la belleza plástica de las representaciones gráficas de algunas estructuras de fractales y  su relación con el arte. Resulta sorprendente que algunas representaciones  de fractales incluidos en su libro, podrían recordar, si bien muy lejanamente, a alguna de las obras gráficas y escultóricas del  artista vasco.

Chillida podría haber  llegado a las estructuras fractales, en su obra gráfica y en su escultura, no de una manera formal, estudiando la teoría de fractales o a través de la computación, sino por medio de  su potente  intuición de artista,  esa misma intuición que también le hizo llegar a comprender muy profundamente la relación entre la música de Bach y las olas del mar Cantábrico en la bahía de La Concha en San Sebastían , mucho antes de la aparición del libro de Mandelbrot.

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El Peine del Viento de Eduardo Chillida en San Sebastian

Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida en Gijón.

La furia del mar Cantábrico

 

 

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Álamos blancos entre La Granja y Valsaín.

Ente la Granja y Valsaín, en un sendero que sube desde ” Las Pasaderas” del río hasta la carretera del Robledo, hay un claro del bosque en cuyo fondo brillan, cuando llega el verano, las hojas plateadas de dos grandes álamos blancos.

El color blanco y plata de estos álamos sobre el fondo del claro, contrasta con el verde intenso del pino albar, que en esta altura del bosque aún se mezcla con los robles del melojar. Hay algo misterioso y mágico  en este claro, algo que fluye del envés algodonoso y plateado de las miles de hojas de estos álamos que tiemblan inquietas, acariciadas por la suave brisa del largo y cálido atardecer de un agosto lejano.

No se sabe de donde vinieron estos dos grandes álamos a asentarse entre los pinos y los robles. No  se sabe tampoco su edad, pero un viejo que andaba por allí perdido me dijo que algunos ejemplares de esta especie pueden alcanzar   los cuatrocientos años.

A tan sólo unos kilómetros de allí, los jardines del Palacio de La Granja son un canto al paganismo, a los viejos dioses de la mitología greco-latina;  y este  antiguo claro del bosque,  con sus  grandes álamos blancos, nos hace retornar a ese mundo misterioso y palpable de los mitos ancestrales.

En  la mitología griega el álamo blanco   es el final  de la metamorfosis de la ninfa Leuca. Hades, el dios del inframundo rapta a Leuca y cuando esta muere,  la transforma en un álamo blanco en los Campos Eliseos, una región del inframundo en donde vagan las almas de los muertos que no se han reencarnado.

Al morir, las almas de los hombres son conducidas al inframundo, al Hades como también se le denomina,   hasta la orilla de la laguna Estigia que cruzan en la barca de Caronte. Al entrar en el inframundo, las almas llegan sedientas a la fuente de Leteo,  la fuente del olvido. Sus aguas borran de las almas todos  los recuerdos de su vida anterior. Este olvido  es necesario para que los dioses  puedan reenviarlas  a los nuevos cuerpos en donde renacen. Si no  beben  de las aguas de  Leteo, las almas pueden llegar  a la fuente de Mnemósine, situada junto a un álamo blanco. Su agua otorga el don de   la eterna memoria. Tras beber este agua las almas  quedan   vagando para siempre por los Campos Elíseos, sin volver ya a renacer. Orfeo aprendió esta ruta  que evitaba a las almas ya en el inframundo la reencarnación eterna y se la enseñó a algunos iniciados.

También se transformaron en álamos blancos las Helíades, las hijas del dios Helios,  al  enterarse de la trágica muerte de  su hermano Faetón. Se sabe  que estos álamos blancos lloraban Elektras, que según el gran  médico   segoviano Andrés Laguna, en castellano es el ámbar. Los álamos blancos lloraban lágrimas de ámbar. Laguna, sin embargo, como buen racionalista,  no creía que los álamos blancos vinieran de las Heliades ni que  lloraran lágrimas de ámbar, sin embargo sí nos cuenta que  entre sus bienes más preciados guardaba dos piezas de esta extraña materia  que había encontrado en un lapidario de Roma, una con un mosquito y la otra con una mariposa con las alas  extendidas,  atrapados  para siempre en su interior.

Todos sabemos que en La Granja y sus alrededores habitan extraños fantasmas, que vagan entre sus calles y   caminan perdidos por sus campos.

A mi me cuesta creer sin embargo,  que  sean  estos seres fantasmales los mismos seres que moraban los Campos Elíseos. Me cuesta creer que sean estas almas inmortales  del Hades,  las que pudieran caminar  por este mismo claro del bosque, y con Laguna, que los grandes álamos blancos en el fondo del claro sean  reencarnaciones de Leuca o de alguna de las Heliades. Pero al releer estas páginas de la mitología griega he logrado entender muchas de las sensaciones que experimentamos  en aquél lugar del bosque en la ya lejana  tarde de agosto.

El viejo misterioso que encontramos bajo aquellos  dos grandes álamos blancos, al despedirse , metió la mano en el bolsillo del pantalón, y la sacó con el puño cerrado.   Al abrir el puño, extendió su mano y  mostró sobre la palma, con una extraña sonrisa,  dos trozos de ámbar: uno guardaba en su interior un pequeño mosquito y el otro una mariposa con las alas extendidas.

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Secuoyas gigantes en La Granja de San Ildefonso.

El olor de los tilos en flor en  La Granja de San Ildefonso.

Cerezos en flor en la Cueva del Monje, Montes de Valsaín, La Granja de San Ildefonso.

Las olmas desparecidas de la Sierra de Guadarrama

Otra foto de la Olma de Santa Cecilia. La Granja. 1920

La olmeda de la ermita de San Juan de Baños en Palencia

Tilos en los jardines de Fointenebleau y en La Granja de San Ildefonso

 

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La furia del mar Cantábrico

Todos venimos del mar y todos llevamos el mar dentro de nosotros.

La vida se originó en un caldo marino ancestral, nadie sabe muy bien como, y nuestro medio interno, el medio que baña todas las células de nuestro organismo, tiene una composición mineral muy similar a la del agua del mar, a la del medio en donde se originó la vida. En este sentido todos llevamos nuestro mar dentro, siempre está con nosotros, desde que empieza nuestra vida hasta que se apaga.

Walt Whitman, el enorme poeta americano, escribía que a Dios, cualesquiera que sea lo que se esconde tras esta palabra, se le encontraba en lo alto de las montañas y en las playas del océano.

El escultor Eduardo Chillida decía que él sentía  la música de Bach en el mar Cantábrico cuando estaba sereno, en el ritmo de las olas entrando lentamente, pausadamente, en la bahía de la Concha. Y allí frente al mar, el mar de su infancia, el mar que llevaba también dentro, dejó dos grandes esculturas: el Peine del Viento y el Elogio del Horizonte, que no son sino la expresión  de esta extraña  unión del hombre con la Naturaleza a través del mar. Un sentimiento similar tal vez  lo tuvo también  otro gran escultor vasco, Jorge de Oteiza una de cuyas esculturas, Construcción Vacía, se encuentra en el extremo opuesto a la de Chillida a la entrada de la bahía.  En  Biarritz, hay otra  bella escultura de Oteiza en un alto sobre la playa: Homenaje al Caserio Vasco. En el último agosto, en el final pausado de una  tarde,  su estructura abstracta se dibujaba contra el mar y   el cielo incendiados a lo lejos, muy cerca del horizonte, por un antiguo crepúsculo.

En este mes de febrero, el mar Cantábrico nos ha mostrado su otra cara, esa cara tormentosa, furiosa, terrible, a la que los viejos marineros tanto temen. Si las olas entrando en la bahía, un día de calma, llevan el mismo ritmo de la música de Bach, este mar revuelto de las últimas semanas,  espumoso, de olas gigantescas que derriban los muros e inundan las ciudades, lleva el conflicto ruidoso e inquietante de la música de Wagner. Son las dos caras de una misma unidad el Yin y el Yang del mar. Su Yin  es la calma , el lado femenino , la mar de los marineros. El Yang es su lado masculino, la fuerza incontenida, la furia. Los viejos de los pueblos costeros, dicen que nunca habían visto un mar como el de las últimas semanas,  nunca habían sentido de este modo este lado Yang terrible del Cantábrico.

El mar tiene sin duda, fuertes razones para mostrarse así contra nosotros. A consecuencia del calentamiento del ambiente, se han derretido los polos y hemos vertido más agua en él. Hemos arrojado enormes cantidades de basura que las corrientes han depositado  en gigantescos  vertederos en medio del océano. Hemos perforado  sus entrañas en busca de más petróleo, lo hemos inundado de residuos químicos… Y el mar, quizás ya harto, ha mostrado su furia contra nosotros.

El lugar en que Eduardo Chillida, levantó su Peine del Viento, con el que quiso simbolizar la  unidad del  hombre con  el mar, ha sido dañado  por la fuerza de las enormes olas. Un carguero ha sido partido en dos, y una de sus mitades ha sido arrastrada hacia la playa de Anglet en el país Vasco-Francés. Los daños producidos por el temporal, contra muelles, paseos marítimos, puertos, puentes, casas , comercios, locales, bares, restaurantes, se cuentan en decenas de millones de euros. Pero quizás lo más tremendo de este temporal ha sido ese niño de quince años, arrastrado por las olas mientras paseaba por un muelle en Asturias. Las cámaras de la televisión nos han mostrado la imagen solitaria de su bicicleta y de una de sus zapatillas de deporte. Imagen terrible inquietante ya  sin el niño que el mar Cantábrico había devorado en sus entrañas.

Los meteorólogos, los oceánografos, nos dicen que esta situación  se debe a que han concurrido en un cierto momento muchos factores: las mareas vivas, los vientos huracanados, el frente de un temporal… Pero el mar que yo llevo dentro, el que todos llevamos dentro, me dice que es sólo una muestra, en forma de protesta airada y furiosa, de lo que puede llegar a ser su venganza por todo lo que hemos hecho contra él en los últimos cincuenta o cien años.

Que vuelva pronto la calma, que vuelva a predominar el Yin en sus esencias, que vuelva la música de Bach, con el ritmo acompasado y suave de las olas entrando en un día de calma en la bahía de la Concha, o en un crepúsculo lejano desde la playa de Biarritz.

 Jesús Ramos. El Cantábrico en ebullición

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El mar Cantábrico desde las campas de Deba

Castro Urdiales desde el Cielo

 

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El fin de una época en La Granja de San Ildefonso (Julio- Agosto de 1932)

Aparte de  la situación ciertamente tensa que suponía la utilización por el primer  Presidente de la República de un antiguo palacio de los Borbones, la estancia de D Niceto Alcalá Zamora en La Granja en el verano de 1932 parecía transcurrir con aparente normalidad.

Tras su llegada al Real Sitio el lunes 18 de julio de 1932, nada parecía salirse de los cauces habituales: audiencia al Ayuntamiento, presidencia de los juegos de aguas de  las fuentes, recepción a las autoridades provinciales, celebración de un Consejo de Ministros … Todo transcurría dentro de la aparentemente  aburrida  rutina  presidencial.

Pero en la primera semana de agosto, parece que hace calor en La Granja y la esposa del Secretario del Presidente D. Rafael Sánchez Guerra, decide irse a bañar con sus hijos al río Valsaín, a la presa del salto del Olvido, en donde la Sociedad de Iniciativas de La Granja ha construido para sus socios unas instalaciones de baño a la que han denominado, con una cierta dosis de ironía, el Club Náutico del Guadarrama y la Playa de Valsaín.

Pero la señora de Sánchez Guerra, agobiada por el calor del estío, en su camino hacia el baño, se encuentra, al parecer,  con un guarda bien adiestrado, una de cuyas funciones es no dejar pasar a nadie que no sea socio a las instalaciones del club. Los defensores  de la señora de Sánchez Guerra dirán  que el guarda la trató de “forma descortés y desconsiderada”  y “la prohibió entrar”. Pero el  presidente del club afirmará que la señora  ” no fue expulsada, sino que con toda cortesía se le hizo presente que debía inscribirse en las listas de la misma para utilizar sus servicios”. En las memorias del actor y director de escena Luis Escobar, que se encontraba allí, y que por entonces no debía pasar de los diez y sietese años, dice que la señora  ” procedió a instalarse con acojino de mantas de baño y sombrillas” y que algunas de las jóvenes del grupo de amigos de Escobar,  “las más osadas”,  “fueron a decirle que no podía estar allí porque aquello era un club privado”.

De un modo u otro, Dña Rosario Moreno y Luque, que al parecer así se llamaba la mujer de Sánchez Guerra, vuelve enfadada y humillada al palacio. Al poco tiempo aparece en el Club Náutico el  Secretario del Presidente en persona y el Consejero Delegado del Patrimonio, para enterarse, dicen, de lo  ocurrido, y no se sabe si en el mismo momento, o un poco después, como afirmaran los defensores de la señora, llegan los carabineros que desalojan y clausuran las instalaciones del club poniéndolas a disposición del público general.

El incidente tiene repercusiones importantes. Por un lado, la actuación sobre la mujer de Sánchez Guerra, es tomada como una agresión a la República por  parte de los aristócratas monárquicos que se reúnen en  el club. El presidente de la Sociedad de Iniciativas es entonces el marqués de Valdeiglesias, Alfredo Escobar Ramírez (1887-1954) , propietario del diario aristocrático monárquico  “La Época” , senador real y padre de Luis Escobar. El  Secretario del club es el Conde de Albiz, D. Juan Manuel Comyn y Allendesalazar (1890-1961) que en ese momento es el Presidente de CAMPSA. Los dos son Gentilhombres de Cámara de D Alfonso XIII.

El diario “El Sol” recoge el incidente, al que también hace referencia “El Adelantado”. Ambos  periódicos se hacen eco a su vez de un inquietante rumor en los pasillos del Congreso contra el Conde de Albiz:

 ”Entendiendo que el Conde de Albiz realiza en La Granja una labor de oposición al régimen y aprovechando el que este señor es secretario de CAMPSA , entidad controlada por el Estado, el gobierno piensa hacer ver al Consejo de Administración que no le es grato que este señor permanezca en dicho cargo”.

 El marqués de Valdeiglesias, consciente de la complicada situación que el incidente ha puesto al Conde de Albiz, aclara en una carta en su diario “La Época” que este es el secretario, no el presidente del club; que últimamente ha renunciado a su cargo; que por motivos de salud solo ha pasado unas horas este verano en La Granja y que en el momento del incidente iniciaba un viaje al extranjero. Recuerda también que el club no sólo está abierto a los aristócratas sino que cualquier veraneante que lo solicite puede formar parte de la sociedad.

D. Manuel Azaña, por otro lado, a juzgar por lo que escribe en sus  Diarios de 1932-1933, no parece  muy contento con lo que había pasado en la Playa de Valsaín:

 ”La torpeza de Sánchez Guerra, y la indiscreción de su mujer, han provocado un incidente con los socios de un club de golf, aristócratas monárquicos, establecido en un terreno del patrimonio. El Presidente “está que echa lumbre” contra Sánchez Guerra y el general Queipo”.

 El general Queipo de Llano era entonces republicano y Jefe del Cuartel Militar  del Presidente del Gobierno, de quien era concuñado. Su intervención en el incidente no figura en  ninguna de las reseñas de prensa, pero  a partir de la nota de Azaña cabe inferir  que su actuación  pudiera haber estado al mismo nivel que la de Sánchez Guerra. ¿Quizás dando órdenes  a los carabineros de desalojar y cerrar el Club Náutico?

Las autoridades del Patrimonio, en su nota de prensa, intentarán justificar lo que a todas luces era una demostración de fuerza desmedida. Dicen que un funcionario de Hacienda se había percatado, a finales de junio, de que la Sociedad de Iniciativas ocupaba terrenos del Patrimonio sin pagar ningún tipo de contraprestación. Los responsables del Patrimonio se habían reunido entonces con el Conde de Albiz y el Marqués de Valdeiglesias y habían llegado al acuerdo de que la Sociedad pagaría un canon al Patrimonio y que los miembros de la Casa del Presidente y sus familias tendrían acceso libre a sus instalaciones. Al no dejar utilizar la Playa de Valsaín a la mujer del Secretario, se había incumplido el segundo punto acordado, y por ello se habían  enviado a los carabineros y clausurado las instalaciones.

Con el levantamiento del General Sanjurjo  el 10 de agosto y el cierre obligado de todos los periódicos monárquicos hasta el 1 de septiembre, la polémica se apaga, al menos en la prensa.

El cierre del Club Naútico y el de las instalaciones del club de tiro, tiene sin duda un impacto entre los veraneantes que organizaban su vida alrededor de estos dos lugares. Les queda, como único punto de encuentro, el Blas Club. Así lo refleja Luis Escobar en sus memorias, para quien la llegada de la República acaba con “una forma de vida” en los veranos de La Granja, en los que él había disfrutado intensamente desde niño.

El 14  de agosto de 1935 el ABC publicaba una reseña sobre un funeral por los caídos del  levantamiento de Sanjurjo, en la iglesia de San Juan Nepomuceno, en el barrio alto de La Granja. En este funeral se concentran todos los miembros de la aristocracia que veranean en el Real Sitio. Hace también referencia a un campeonato de tenis que se celebra en la localidad, en donde los jugadores parecen ser miembros de la Sociedad.

Al leer la reseña, podría parecer que todo continuaba igual en La Granja, pero es indudable, como señala Luis Escobar, testigo de aquella época, que el advenimiento de la República, con el exilio del Rey, la muerte de la infanta Isabel, la ruina de los Bauer, principales inversores de la Sociedad de Iniciativas de La Granja, y este episodio de la Playa de Valsaín, habían ido golpeando progresivamente a una época, que tendría su definitivo final con el inicio de la Guerra Civil.

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Hombre, naturaleza y alimentación paleolítica

La inteligencia del hombre, ha producido un ambiente artificial, que nos protege y que aumenta nuestro bienestar.

Hemos creído que nuestro organismo se adaptaría fácilmente a estos cambios que hemos inducido en el ambiente, pero estamos empezando a darnos cuenta de que la adaptación biológica del hombre puede ser muchísimo  más lenta comparada con la velocidad sorprendente de los cambios que hemos inducido en el entorno.

Hemos dado por hecho que las modificaciones bruscas en la alimentación que hemos introducido tras la revolución industrial, habrían producido ajustes adaptativos rápidos de nuestro organismo. Las harinas blancas, el azúcar de caña o de remolacha. Los  derivados de estos: pan blanco, pasteles, dulces, pastas, bebidas azucaradas. Las grasas concentradas como los aceites refinados o las margarinas. Todos estos alimentos procesados han aparecido en los últimos 150-200 años. Durante este tiempo en nuestro organismo se habrían producido cambios biológicos, que habrían pasado a las siguientes generaciones de forma hereditaria y que nos habrían permitido una asimilación de todos estos alimentos refinados, no totalmente naturales, sin ningún tipo de problema.

Hace más de veinticinco años que un médico americano, Eaton, estableció la teoría de que desde el punto de vista evolutivo, los procesos de digestión y asimilación de alimentos del hombre actual no habrían evolucionado prácticamente desde el paleolítico y que por lo tanto, el hombre actual estaría completamente inadaptado desde el punto de vista biológico, a la alimentación procesada disponible actualmente e introducida en los últimos 150 – 200 años. Esta ínadaptación habría comenzado con la introducción del cultivo de cereales hace unos 10.000 años, con el paso de las sociedades cazadoras a las agricultoras.

En este sentido, nuestro organismo continuaría adaptada a un tipo de alimentación paleolítica , del hombre cazador, fundamentalmente basado en frutas, hierbas, raíces,  y verduras, mariscos, pescados y animales. La alimentación actual, basada en harinas blancas, azúcar, grasas refinadas y todos sus derivados, produciría respuestas metabólicas totalmente inadecuadas que conducirían a un acumulo de grasa y a un almacenamiento excesivo de nutrientes en el tejido adiposo. Existe la sospecha de que esto se produciría a través de una liberación excesiva de insulina, la hormona que facilita el paso de azúcar a los tejidos y que favorece  el acumulo de grasa en los tejidos.

El segundo tipo de ínadaptación se refiere al ejercicio físico y al consumo de calorías. Nuestro organismo estaría adaptado a las condiciones de vida del cazador paleolítico, más expuesto a las condiciones de la intemperie y necesitado de un ejercicio físico también mucho más intenso para sobrevivir. El escaso gasto de calorías del hombre actual, debido a su sedentarismo y a la protección contra los elementos, haría  que el exceso calórico se almacenara también en forma de grasa.

Uno de los hechos más preocupantes de las últimas décadas es el enorme incremento de la obesidad en los países desarrollados y en los que empiezan a desarrollarse. Esta obesidad esta apareciendo en edades cada vez más tempranas, en niños y adolescentes. La obesidad evoluciona hacia la aparición de graves enfermedades como la diabetes, con sus complicaciones, o la arteriosclerosis.

Aunque los expertos buscan desde hace años posibles sustancias químicas ambientales que pudieran favorecer la aparición de estos problemas, algo que todavía no se ha podido descartar totalmente,  la opinión más extendida es que estos cambios parecen estar ligados a una mala adaptación de nuestro organismo  a los cambios en la alimentación y a la falta de ejercicio físico, que desde hace años se observa en nuestros niños y jóvenes.

La solución a estos problemas pasaría por  intentar volver a las condiciones ambientales que pudieran remedar en cierto modo a la del hombre paleolítico. Por un lado ir hacia una alimentación más  basada en la fruta y la verdura y por otro a un incremento del  ejercicio físico.

La buena noticia es que no tenemos que vestirnos con un taparrabos e ir a cazar al campo con una lanza, para observar cambios metabólicos positivos. Es mucho más sencillo.

Con respecto  a la verdura y la fruta, los expertos recomiendan el consumo de cinco raciones al día de estos alimentos. Esto se complementa con pescado de extracción, no cultivado, marisco extractivo y en mucho menor cantidad carne magra de animales alimentados con hierba, cada vez más difícil de encontrar. Eliminar las harinas blancas, el azúcar blanco y todos los derivados de esto: pan, pastas, pizzas, bebidas azucaradas, dulces, pasteles. También patatas. legumbres , arroz y leche. Limitar el aceite y margarinas .

Con respecto al ejercicio físico, lo mínimo para el adulto, sería dedicar 30 minutos de andar rápido al día, cinco días a la semana. A partir de aquí puede aumentarse la complejidad y la intensidad de acuerdo a la edad y al estado de salud de cada persona.

Con  tres medidas sencillas empiezan  a observarse ya cambios metabólicos importantes:

1) Intentar tomar 5 raciones de fruta y verdura al día , nueces y frutos secos, y priorizar sobre pescado y marisco extractivo como fuente de proteínas. Carnes magras en mucha menor cantidad

2) Eliminar derivados de harinas blancas y azúcar refinada ( pasta, pizza, pasteles, galletas, bebidas azucaradas…) leche, féculas, patatas, arroz   y legumbres ; limitar el aceite , priorizar sobre el de  oliva, no más de una cucharada al día,   y

3) andar 30 minutos al día, cinco días a la semana.

¿Porqué no intentarlo?

Consecuencias de nuestra alimentación sobre el entorno

 

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